rumores y sombras

20091120

Megafaun y el primer trago de Coca-Cola

No puedo evitar, en cierto modo, abocarme al consumo de novedades. Es una tendencia absolutamente idiota, pero que nos marca, de alguna manera, a quienes pensamos, acomplejados, que debemos mantenernos, por encima de todo, informados; a pesar de que el producto informativo diga siempre lo mismo; nosotros, los vulgares esnobs de pacotilla, pensaremos que se nos escapa algo, un matiz, una nueva tendencia, una etiqueta que consideraremos absolutamente imprescindible; y correremos a por ella, hasta que la apresemos, nos la sepamos de memoria y nos demos cuenta de su insignificancia y, entonces, descubriremos una nueva que perseguiremos a su vez, sin fin, absolutamente manipulados por la industria o el sistema o lo que sea que nos manipula. Esto es muy pernicioso para nosotros y lo sabemos; pero somos incapaces de zafarnos, pues pronto llega el prurito de ese algo nuevo que hay que perseguir, esa nueva cosa, ese manifiesto de la nueva modernidad que es igual a algo anterior pero circula envuelto en una nueva apariencia que lo hace imprescindible pues somos incapaces de discernir entre la cosa y su apariencia. La culpa la tienen no solamente las revistas de tendencias sino la tenemos nosotros, pues, como digo, somos incapaces de hacer un esfuerzo continuado y verdadero en pos de algo; somos diletantes de lo efímero, de lo banal; no estudiamos, emitimos juicios absolutamente dispersos, gratuitos, intrascendentes; no sabemos nada y somos conscientes de ello; coleccionamos nombres, sabemos decir una o dos generalidades, nada en profundidad; nada mantiene nuestro interés pues, como digo, siempre hay una nueva banalidad que atender, una nueva etiqueta, una nuevamierda con que nos mantendremos entretenidos una nueva temporada. De ese modo envejecemos; nos morimos sin conocer nada, sin ni siquiera haber sabido salirnos de ese círculo vicioso infernal, autodestructivo.





El misterio es inaudito. Toco el rostro de ella intentando averiguar algo. Trato de capturar el secreto de esa forma. No lo hay, es posible que no lo haya. Si no lo hay, ya nada importa.


Alguna vez he buscado, en el catálogo de novedades, una nueva zarzaparrilla que permita que me olvide de la Coca-Cola. Ya estoy viejo y eso es imposible. Nada hay tan delicioso como un buen trago de Coca-Cola. La lata roja, la "normal", me parece demasiado azucarada. La novedosa lata de Coca-Cola "Zero", demasiado avainillada. Mi favorita es la lata plateada, la que en Europa se llama Coca-Cola "Light" y en Estados Unidos "Diet".
El primer trago de Coca-Cola es áspero y, en esta época del año, demasiado frío. Sin embargo, deja un regusto metálico absolutamente delicioso, como si fuera un café acuarelado y eléctrico. La Coca-Cola, en ese sentido, opino, es ciencia y es agua.
A menudo me empeño en hojear el catálogo de novedades; sin embargo, ya no encuentro nada. El Red Bull es para mis alumnos; para ellos es el reggaeton y el bakalao, M.I.A. y El Guincho. Yo, muy esforzado, compro todos sus discos, los escucho una o dos veces y exclamo: Uf.
Vuelvo una y otra vez a la Coca-Cola. La Coca-Cola es Megafaun. Voy a aprenderme el nombre, Megafaun, pero pronto lo voy a olvidar. Megafaun es Dylan, y Neil Young, y The Band, y Crosby, Stills & Nash. Son esas tonadillas con las que nos han colonizao los norteamericanos, que se repiten una y otra vez, una temporada tras otra desde hace decenios, con estribillos nuevos, con nuevos arreglos y nuevas voces. Buahhh, la Coca-Cola. Nada como ese primer trago de Coca-Cola que reemplaza al segundo, ese primer trago de Coca-Cola que reemplaza al tercero. Todos los tragos de Coca-Cola, juntos, son como el primero, frescos, alegres, refrescantes, deliciosos, banales.
Cito a Javier Avilés, el hombre tras el nick Portnoy: Primero los nombres, listados interminables de nombres y apellidos. Luego los rostros. No hay dos caras iguales pero todas las caras son la misma cara. Un túnel por el que dos multitudes avanzan en sentidos contrarios. Ahí están los rostros y el único rostro, el Ideal o el Prosaico, ese que representa lo que somos o que desvela nuestra verdadera naturaleza. También están las palabras. Cantidades infinitas de textos empujando desde el pasado, viniendo de un tiempo que no alcanzaremos, acumulándose sobre la mesilla. Todos los textos el mismo texto. Repeticiones con ligeras variaciones de un mismo texto Ideal (el centésimo nombre de Dios) o de la más prosaica frase en la puerta de un lavabo público. Todos los textos, toda sucesión de imágenes, no son más que tiempo que consumimos, siempre el mismo tiempo, el que tardamos en recorrer el túnel que nos lleva a otro túnel. Me agobian los rostros y los textos y el tiempo. (Adorable lamento.) A mi modo de ver, una deliciosa manera de hablar de la Coca-Cola.





De ellos, William Sifones ha dicho:¡grandísimos!

20091119

Lugares seguros

Se puede pensar, al entrar dentro de un centro comercial, sea cual sea, que se trata de un lugar no solamente confortable, sino seguro; tal vez un lugar seguro como ninguno. Seguro, sobre todo, respecto al trato con la gente, siempre cordial, y por la luz omnipresente desde que entras hasta que sales, y la limpia superficie de las personas a las que apenas rozas. Se practica, en un lugar como un centro comercial, ilusionismo de la felicidad. Es el lugar primordial para las familias, para ir junto a una esposa fiel y un hijo sonriente. Las azafatas, tan amables ellas, nos dedican sonrisas al pasar y caricias al peque.





Muertos podemos danzar.


Se puede pensar, al entrar en un centro comercial, en el erotismo suave que se dispensa. Las fotos a color de los anuncios de perfumes, el poderoso maquillaje de las azafatas, las ropas ajustadas de las clientas... Se puede pensar en la clase de mundo que representa; en suspenso, en riguroso equilibrio dentro del centro comercial, a salvo de los abismos que nos esperan fuera, al traspasar la puerta, al activarse el automatismo que la abre y la cierra. Se puede pensar en la pesadilla que supone, si se da el caso, verse atrapado sin poder salir, subiendo y bajando escaleras para llegar al mismo sitio (la nada opulenta), una y otra vez; parecido a lo que les sucede a los personajes de El ángel exterminador, de Buñuel.
Hacemos turismo de marcas. Miro a los ojos a una modelo; tiene una pose arrogante y poca ropa. Es delgada y de aspecto resolutivo y sano. Su arrogancia mantiene viva, unos segundos, mi intriga; es promesa de algo; de intensidad, de vitalismo, de fuerza. La modelo aparenta salud, por lo tanto, e intensidad, vitalismo y fuerza. Sin embargo, leyendo esos signos que pretende aparentar, no soy capaz de creerme ninguno, ni siquiera el de la salud. Su arrogancia, concluyo, resulta hueca. Es, digamos, el signo de los tiempos. Se destapa un orgullo que no conduce a nada, ficticio, sin profundidad.
Lo mismo digo de todos nosotros.

20091117

El argentino

Me han contao que Diego no paraba de darle vueltas a un borracho que estaba sentado en un banco en un parque. El borracho tragaba cerveza y espetaba: infante, vete al columpio. Pero Diego, con su habitual buen humor, le saludaba, brazo en alto como si hiciera un saludo fascista.
Ayer, al llegar a casa, no estaban ni Diego ni su madre. Me avisaron de que estaban en el parque de la gasolinera. Bajo a ver. Encuentro a un padre y su hijo revoloteando alrededor de Sara y su hijo, esto es, mi hijo, Diego. La escena era sensacional; el tipo era alto y elegante como un Cary Grant de medio pelo. Se lo estaban pasando en grande; Diego, dando sus pasitos y agitando los bracitos y esas cosas que hace. Sara, abrazando a su hijito al caer, ay. Y el tipo, mezcla de Sean Connery y Burt Reynolds, emitiendo aullidos de macho en celo. Al yo llegar, Burt Reynolds se fue, vaya casualidad.
Estaba ligando contigo.
Solamente intentaba ser amable.
Las chicas sois tontas.
Eres un desconfiado.
Yo no recelo de ti, sino de Burt Reynolds. Ese tipo es de los que solamente ven vaginas; para Burt Reynolds las mujeres que vais a los parques solamente sois vaginas, vaginas acolchadas que luchan, por debajo de unos pantalones beige, intentando conservar la juventud que ya se aleja, ya se aleja.
Eso es lo que escribiste.
Yo dije que me dan miedo; ni siquiera me atrevo a acercarme a los parques si no vienes conmigo. Pero el tipo con el que estabas es de los que lo intentan, cree lo que digo; hay pavos casados que van a los parques a ligar y hay pavas que entran en el juego. Resulta un negocio muy rentable.
Pues, si te dijera que es argentino...
Bah, lo que faltaba.
(Al verlo lo he pensao; ese tipo es de los que le pueden gustar a Sara: no era guapo, pero sin embargo era aparente, varonil; "muy chico", como suele decir que le gustan los hombres.)





(Anterior a tu cuerpo es esta historia
que hemos vivido juntos
en la noche inconsciente.)


Esta tarde me he vestido de corredor y he salido a correr. Recordaba a duras penas lo que significa aguantar un rato andando a saltitos; sin embargo, el cuerpo no me ha respondido.
Hemos hecho un pacto: los lunes ella puede ir a su gimnasio, yo me ocupo de Diego. Los martes puedo salir a correr, ella se lleva a Diego al parque, con el argentino.
Nadie se daba cuenta de mi baja forma. Tengo el tronco tieso como un palo. Corro como un abuelo, a pasitos. De hecho, los corredores viejos que se congregan en el cauce seco del Turia me adelantan, burlones, ti, ti, ti... dando pasitos como abuelas, con sus piernecillas de pollo.
Sigo citando a Caballero Bonald:
Cuántos días baldíos
haciéndome pasar por lo que soy.
Máscara sin memoria, líbrame
de parecerme a aquel que me suplanta.
Uno solo será mi semejante.

20091115

Fuera del Control

Paseamos, como siempre, por la Alameda. Seguimos el mismo itinerario de siempre, sin embargo, prefiero imaginar que vamos "sin rumbo". A un ritmo, definitivamente, lento, placentero. Miro de reojo la azoteas, que se desplazan levemente respecto de los puentes. Los puentes y las azoteas forman una singular pareja de baile. Bailan el vals para nosotros, este domingo cualquiera. Avanzamos, casi sin quererlo, hacia los Jardines de Viveros. Hay obras, hay una carrera de adolescentes corredores, hay gente y hay, en algunos tramos, coches silenciosos.
Ayer pudimos ir al cine, vimos una de Jim Jarmusch, Los Confines del Control, creo recordar. Fue absolutamente premeditado: decimos, como esnobs pasados de moda: queremos ver la de Jarmusch. Ir al cine, para nosotros, en estos tiempos, resulta algo extraordinario. Han de ponerse en sintonía demasiados elementos. En ese caso, cuando llega la hora, a veces ni siquiera podemos elegir; la peli que queremos no entra dentro de nuestro horario o ya la han quitado de la cartelera.





La vida es un camino hacia ninguna parte.


Ha habido suerte. La proyectan a las ocho y veinte. Les preparo algo para cenar a mis padres, que se van a quedar al cuidado de Diego, e iniciamos el ritual de "salir". Todo un acontecimiento.
Mi fidelidad hacia Jarmusch da para mucho. En su principio, este largometraje hubiese sido insoportable si no arrastrase el bagaje de su autor. Esperaba un discurso menos cerrado, tras Flores Rotas, aquella historia adulta y desencantada.
En un momento dado, me acerco a Sara y le digo: debe ser la peor peli de Jim Jarmusch. Me harta aguantar la jeta del puto negrata, impasible, trajeao, de un lao a otro, esperando que pase algo. Pero, a medida que avanza el film, me relajo (poca experiencia como espectador, en estos meses, me ha hecho impaciente): no va a pasar nada, lo tengo claro. El personaje del negro trajeao, del que no sabemos nada, solamente se cita con unos y con otros, intercambiando cajitas de cerillas, como una especie de cadena sin objeto y sin final, absurda, nihilista y banal. Me molesta olisquear un cierto tufillo esteticista, más refinado en este caso que otras muchas veces; pulido y evidente. Lejos de la habitual puesta en escena jarmuschiana, seca, contundente; en este caso hay movimientos, efectos, artificios, que no pertenecen a la caligrafía habitual del cineasta.
Empieza con una cita de Rimbaud. En general, pienso que Los Confines del Control tiene que ver con aquella primera peli, Permanent Vacation, rimbaudiana, nihilista, sorprendentemente seria. En la que acabamos de ver, a su vez, el particular sentido del humor de Jarmusch se manifiesta poco a poco, con cuentagotas, a medida que se repite la repetitiva bromita del idioma: Usted no habla español.
Se puede pensar en David Lynch, por el hermetismo; pero en las claves de interpretación de esta peli no entra lo onírico, a mi modo de ver, a pesar de las reiteradas referencias simbolistas. Jarmusch ha hecho una peli, en efecto, en clave simbolista, con tics que recuperan el vagabundeo ilustrado de otros de sus films, como Dead Man. Las tonadillas, cuidadosamente elegidas, acentúan ese rollo esteticista que me resulta tan incómodo. Ahora que lo pienso, sin embargo, en Dead Man o en Ghost Dog hay un uso parecido de la música y el ralentí. Tal vez deba revisar mi fidelidad al cine de Jim Jarmusch, después de todo.





El rostro que sostiene la narración.


Esta vez, la música, de rigurosa actualidad, proviene de los guitarrazos de Sunn O))). Todo parece trascendental, oscurantista; el tipo, de Madrid a Sevilla, se trae entre manos un asunto serio, venga intercambiar cajitas de cerillas y claves secretas.
A su lado, de café en café, se sientan diversos arquetipos de lo que viene a ser una particular bohemia: músicos, pintores, drogadictos, científicos... y, en su cama, una mujer desnuda.
El tipo, impasible, recoge las instrucciones que le llevan de un sitio a otro, se cambia el traje y camina; los guitarrazos de Sunn O))) le llevan a las afueras, a un terreno en el que, en una casa perdida, unos tipos armados guardan algo o a alguien.
La estructura de la narración es tan simple como la de sus otras pelis; una serie de escenas repetidas que, esta vez, nos llevan a un atisbo de conclusión: el negro del traje gris mata al tipo que habita aquella casa perdida; se supone alguien importante, un mandatario, un tipo poderoso, un oligarca, que le dice, al verle: has venido a vengarte.
Yo lo interpreto de esta manera: el prota sigue una especie de ritual, o camino, destinado al "conocimiento", en sentido clásico, humanista, representado por la serie de arquetipos que le suministran las claves para seguir y que simbolizan los clásicos territorios del conocimiento humanista: la música, la pintura, el teatro, la arquitectura, las drogas y el sexo. Las claves de la bohemia para oponerse al poder, al Control que ejercen los poderosos. Vosotros, los bohemios, no sabéis nada del funcionamiento del mundo, dice el oligarca, antes de morir. El conocimiento del mundo es subjetivo, le contesta el vengador de los bohemios.
En ese sentido, la peli de Jarmusch resulta adolescente, juvenil, no como la anterior, Flores Rotas. Los Límites del Control es rimbaudiana, simbolista, poética, rebelde. Dice algo claro y alto: el camino del conocimiento, a través de la literatura, del teatro, de la pintura, de los efectos de las drogas, del sexo y de la arquitectura, nos lleva indefectiblemente a oponernos a la oligarquía, a luchar contra los poderosos que pretenden ejercer el control sobre nosotros.
Las claves son secretas, bromas sutiles, que pasan de unos a otros metidas en diminutas cajitas de cerillas en las que podemos ver, en clave simbólica, el dibujo de un boxeador, siempre el mismo boxeador.
En un momento dado, alguien le advierte: cuidado, no todos los que parecen ser de los nuestros son de los nuestros. Es preciso saber interpretar: un cantante de flamenco lleva una de esas cajitas de cerillas, se acerca al negro del traje pero no, no es de los suyos. El cante flamenco, parece decir con ello Jim Jarmusch, no sigue el camino de la bohemia que le incumbe; en el flamenco hay otra lucha, lejos de la anglofilia jarmuschiana.
Hay detalles que no puedo interpretar, que pertenecen sin duda a la personal cultura cinematográfica del director; como por ejemplo el hecho de que el negro del traje gris pida siempre dos cafés.
A mi modo de ver, Jim Jarmusch, desde tiempo atrás, hace en cierto modo lo mismo que Tarantino; reinterpreta el cine anterior, sus iconos y arquetipos. Sin embargo, al contrario que Tarantino, Jarmusch lo hace en clave culta, envolviendo sus historias en atmósferas que beben de los mitos de la cultura clásica.





Como lobos ennoblecidos, acechamos la libertad.


En la peli, el negro del traje gris detesta los teléfonos móviles (instrumentos del Control). Diego y yo volvemos de nuestro paseo. Suena el mío. Se me acaba la batería. Imagino el gesto de lanzarlo al basurero. Imagino el gesto de no volverme a conectar a internet, de no volver a encender el televisor, de vagar de un lugar a otro interpretando claves sutiles, diminutas, como cajitas de cerillas.
Guardo el teléfono en el bolsillo. Las cornisas se desplazan, silenciosas, con la misma lentitud que mis pasos. De hecho, empujo el carricoche. Y lo empujo.

20091113

Un chiste desorientativo

"Como padre, no soporto pensar en todo aquello que yo no puedo controlar", he dicho. He querido tener un hijo; sin embargo, no he querido ser padre. Ser padre supone asumir otros muchos prejuicios, cargarse de ellos. Voy a ser, por tanto, anti-padre.
En mi particular lucha contra el manierismo, el padre cargado con todos sus prejuicios de padre es mi principal enemigo. Matar al padre, en ese sentido, no es tanto matar a mi propio padre, que me hizo y ya se hace viejo lejos de mi casa y ya no me afecta de una manera tan, digamos, directa; sino matar al padre que llevo dentro, cargado de todos los prejuicios asumidos por los padres. Determinar estos prejuicios; proteger sin proteger, aconsejar sin aconsejar, educar sin educar; todo ello es otro asunto.
De mi hijo agradezco la posibilidad de observarle. Es una delicia y es Arte. Cada una de sus diminutas actividades excluidas de lenguaje (reglado) es una maravilla del Arte y de la Vida. No soporto que se me hable de Arte, no obstante, a partir de ahora.
Cuando se habla de Arte, en general, se dice de una cosa sofisticada, henchida de absolutos que la hinchan y la hacen grande y, determinantemente, INSOPORTABLE. Creo que, afortunadamente, ese Arte ya solamente es un mal recuerdo. Ya, afortunadamente, se puede consumir la obra de los autores antiguos de esa otra manera, liviana, despegada de sofisticados protocolos que la llenan de rigidez y la matan.
Alguien dijo que lo pequeño es hermoso. Yo prefiero invertir los términos, es decir: lo hermoso es pequeño. Si no, no es hermoso.





hacer brotar un mundo de la nada
pero no por razones de peso
por fregar solamente -por joder

20091112

Dos semanas no es nada

Son las cinco menos cuarto; ya no es hora de almorzar. He venido para compartir descubrimientos entusiastas. No comprendo lo que intento hacer; preciso un trato hecho. Puedo poner lo que me parece menos original. Prefiero ver cine con peor calidad de imagen. No estoy de acuerdo con las locuras. Tengo que aceptar lo que me guste. El modelo, la realidad, nos complica la vida. La consigna es rebajarnos. Hay dos cosas que nunca cambian: una, los nervios, las carreras en los pasillos; y dos, el asesinato premeditado del gusto. Una plataforma vibradora es una buena cosa para las caderas duras. Con un poco de esfuerzo, me hago cargo de contarlo todo. Las terapias grupales nos hacen entendernos como roedores gigantes. No quiero saber nada de nada, a partir de hoy. La eficacia del trabajo se ha puesto de moda. Solamente soy feliz como el viento. A bordo de las llamas del tiempo, sobre la amenaza pirata del sufrimiento. Quiero enterarme de todo lo que ha pasado. Cuando una persona se siente bien consigo misma padece de una terrible soledad para toda la vida. Tienes el consuelo de saberte lleno de galopante ternura. (Una extraordinaria paradoja.) Tengo una jornada buena y otra no.

El espanto

Nuevo ataque de pánico. Mis alumnos de bachillerato utilizan mucho internet. Hoy, una profe de lengua ha entrado en mi clase pa preguntarles algo. Les ha advertido que no copien los trabajos de la red, que se les nota. Al irse la profesora, se ha generado un debate; uno de los alumnos ha contado que recurre a blogs que "no conoce ni su padre" para sacar cosas. Va saltando de blog en blog por medio de enlaces. Ni se me ocurre imaginar lo que iba a ser si encontrasen este blog, con este nombre que ahora ostento, con algunas de las cosas que cuelgan escritas, dichas por quien ostenta este nombre. Tengo una mala relación con el yo. Soy incapaz de asumirlo en el mundo real.




Yo no soy eso.

20091111

Destino definitivo

Uno tiene, relativamente, una cierta capacidad de autoanálisis. Limitada, es preciso ser consciente de ello. De tal manera que se va indagando, poco a poco, en un sentimiento hallado en los resortes de los acontecimientos diarios, en el cubo de la basura del tiempo. Hurgando en la mierda se entona uno, borracho de cotidianeidad. Somos muy aficionados a ello, remover y remover y hala, que huela, que se ventile el microcosmos. Es lo nuestro, rabiar hasta morir. (No sé por qué me pongo trágico, si soy feliz; radicalmente feliz; llego a casa y bebo de la sonrisa de un niño.)
Me está costando adaptarme a este centro de trabajo. A veces pienso que es por la edad (ya rozo los cuarenta). Desde hace más de diez años voy dando tumbos por institutos de dos comunidades autónomas, sin rechistar; he cambiado de residencia como de camisa, de compañeros de trabajo que han sido o no amigos, de hábitos alimenticios. Mi cuerpo lo resistía todo, sin traumas psicosomáticos. Sin embargo, este año, con todo a favor, me empeño en hacerme la vida imposible, mentalmente, yo contra mí. Me resisto a relacionarme con mis compañeros (de hecho no es que me resista, sino que no lo fuerzo como otras veces en las que sí estaba necesitado de relaciones, de gente con la que beber al salir del trabajo y con quien compartir cenas y juergas). Trabajo cerca de donde vivo, llego al centro en apenas veinte minutos, no tengo que madrugar. Sin embargo, el trabajo, el centro, la gente, todo, me pesa como nunca.
Creo que mi problema, a falta de otros, es éste: dado el grado de comodidad de este trabajo, de este centro, de este lugar, todo indica que este trabajo tiene un grado de "definitivo" que no tenían otros, en anteriores lugares y épocas de mi vida. Ya no voy a poder huir (antes, la posibilidad de escapar, de hecho, la obligatoriedad de escapar, pues sabía que el trabajo y el lugar no iban a durar mucho, me suponía un alivio; es decir, tenía la posibilidad de errar sin que las consecuencias fueran definitivas, podía elegir, llevarme mal con la gente, hacer amigos y declarar enemistades, odiar a gusto, emborracharme perdidamente en las cenas de fin de curso, maltratarme a mí mismo y a los demás, no importaba, estaba de paso). Esto, ahora, no sucede. De hecho voy despacio, con la gente, con los alumnos, con todo, porque sé que no me puedo equivocar y, al mismo tiempo, porque no me quiero desenmascarar demasiado rápido.
Mi relación con Sara se sustenta sobre la base de lo efímero (lo efímero de casi todo; creo recordar que una de nuestras primeras conversaciones serias trataba este tema, todo es efímero y leve y ya se acaba). Tal vez por ello mi matrimonio con ella no me pesa tanto; de hecho, ella tuvo una reacción sorprendente al poco de casarnos: convenimos que nos habíamos casado por los demás, para que nos dejasen en paz nuestras familias, puesto que ya hacía tiempo que vivíamos juntos, así que propuso que nos divorciáramos de inmediato, si no queríamos permanecer "atados". No lo hicimos (yo, en su momento, me enfadé un poco, pensé que era una hipocresía). Todo el mundo hubiera pensado en nosotros como matrimonio y, sin embargo, estaríamos divorciados.
Tener un hijo tampoco me pesa tanto. Tal vez porque hay muchas más cosas que me compensan; el tipo es maravilloso, me cae bien desde que lo conozco y me parece, radicalmente, muy guapo. Lo único que llevo mal es el temor que me produce; pienso que yo he tenido mucha suerte hasta ahora y que no es difícil tener mala suerte; y la mala suerte en la vida es muy puta, puede hacer del asunto una cosa insoportable. Su suerte, a nivel personal, no depende de mí; puedo darle una buena educación, puedo aconsejarle bien, y, a pesar de ello, la fatalidad puede cebarse como no se ha cebado conmigo hasta ahora. Temo tanto por él que estoy a punto de convertirme en una persona supersticiosa. No lo hago porque ello sería, sin embargo, tener muy mala pata.
Mi hijo no me pesa porque desde el primer momento lo percibo como cosa independiente. Es una persona a la que quiero y a la que, circustancialmente, cuido. Digamos que soy capaz de entender el vínculo que me une a él de una manera relativa. Él existe APARTE de mí. Él y ella; ambos, Diego y Sara, son personas que amo pero que, milagrosamente, no me pesan; al menos no me han pesado hasta ahora.
Llevo más de diez años siendo un puto funcionario, sin embargo, no me he dado cuenta hasta este curso. Este centro, estos compañeros, estos alumnos, este entorno que se me antoja "definitivo" y pesa como una losa.

20091110

Jugando al bingo

Nadie come peor que yo. Acabo de hacerme una sopa de cocido, precocinada, con cereales de los del desayuno. No es por alardear, pero tengo un sistema digestivo superdotado; todo lo que entra, sale.
Ayer tuve que dar un par de zancadas al cruzar una calle. Correr es acto de un simbolismo exacerbado; por muy manido que sea. Es preciso, sin embargo, cuidar la indumentaria. Trotar alegre, chapoteando, feliz, pone el betún a la altura de uno.
Admiro el impulso de chapotear. Resulta casi un instinto primario, animal; una broma pueril que nos hace invencibles.
(El desdén televisivo
como ruido de fondo.
Hay finales novelados.)





Es casi imposible aprovechar el tiempo
mientras se hace de vientre.
(Así lo llamaba mi abuela, "hacer de vientre".)


Las horas previas a una cita no son asépticas. Son superchería. Podemos vernos en los espejos. (Oir agua circular por las paredes o la mierda saliendo sin esfuerzo de nuestros cuerpos.)
¿Qué sabemos de todo ello?

Informe sobre el estado de las escuelas

Todo el mundo sabe que las escuelas, los colegios, los institutos, son lugares de muerte y putrefacción; lugares en los que las almas caen en picado, víctimas de un falso rigor académico que no lo es tanto, riguroso, como falso. Desde que uno entra hasta que sale se empapa de una sarta de insensateces destinadas a ahogar cualquier atisbo de curiosidad, cualquier interés por cualquiera de las materias, caducas, alienantes, putrefactas. Los currículos los diseña un equipo de asesinos de almas desde un despacho, lejos de lo que no deberíamos llamar "mundo real", aunque vamos a llamarlo, mundo real, porque algo tiene de realismo, de cosa tangible, que se palpa, que duele. No hay dolor en los despachos, sin embargo, en las escuelas, los colegios, los institutos, el dolor se palpa; nos mata, todos y cuantos entramos en estos centros de putrefacción morimos de dolor, nos vamos apagando; ellos, los alumnos, aún tienen vidas por delante; uno espera que sean como gatos, que sobrevivan, aunque con la cabeza cortada, con el alma reseca de respirar el odio y la muerte que se predica aquí dentro. Y no es de extrañar que así sea, pues lo primero que se divisa son los límites, las cotas, las imposiciones, los porquesíes. El alumno, un desgraciado abandonado durante unas horas al día por sus padres en manos de un equipo de incompetentes, se somete al delirio de individuos frustrados, cansados de sentirse vivos y sin embargo hurgando en lo añejo, lo desfasado, lo inútil. Este equipo de incompetentes reaccionarios coarta al pobre niño, indefenso, falsamente rebelde (¿en que consiste la rebeldía del adolescente de hoy en día, en lanzar bolitas de papel por los pasillos; buaaa...?); decía que los putos incompetentes conservadores de lo añejo que formamos el equipo educativo cumplimos gratamente nuestra función: matar la curiosidad natural del ser humano, aburrirlo hasta morir, encauzarlo en el maldito estilo conservador y reaccionario que nosotros profesamos, incapaces como estamos, incapacitados de por vida y sin duda víctimas de la misma trampa mortal ejercida contra nosotros años antes, cuando nosotros pasamos por el mismo puto sistema, incapacitados, como decía, para sentirnos vivos y fuertes y sanos. Enfermamos por propia voluntad, acumulamos neurosis, dermatitis, dolores de cabeza constantes y reumas cerebrales; enfermamos porque no queremos ser como somos, en el fondo nos damos cuenta y queremos escapar; y nuestras enfermedades son el signo evidente de nuestras ganas de huir. No podemos porque hemos hipotecado nuestras vidas; nuestro estilo conservador de pensamiento nos ha cargado de lastres, de deudas; con los bancos, pero también con el Estado, con nuestros amigos y conocidos, con nuestras familias, nuestros primos y nuestros hijos. Tenemos que responder a no sabemos qué, nos pasamos la vida respondiendo; sin embargo, no hay pregunta; se trata de respuestas vacías, que lo único que hacen es cargarnos de tensión en nuestras vidas que van desapareciendo poco a poco, poco a poco vamos muriendo, nos vamos apagando enterrados en toda esa montaña de deudas e hipotecas que no nos pertenecen; hasta que llega el punto en que ya no sabemos quienes somos, hemos sido literalmente enterrados, muertos en vida, por todo ese cúmulo de prejuicios por los que ya somos definitivamente dominados. Entonces lo único que nos queda es asesinar el prójimo; matar a los hijos de nuestros semejantes para que sean igual de desgraciados que nosotros. En eso consiste. No hay esperanza.
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