rumores y sombras

20091110

Jugando al bingo

Nadie come peor que yo. Acabo de hacerme una sopa de cocido, precocinada, con cereales de los del desayuno. No es por alardear, pero tengo un sistema digestivo superdotado; todo lo que entra, sale.
Ayer tuve que dar un par de zancadas al cruzar una calle. Correr es acto de un simbolismo exacerbado; por muy manido que sea. Es preciso, sin embargo, cuidar la indumentaria. Trotar alegre, chapoteando, feliz, pone el betún a la altura de uno.
Admiro el impulso de chapotear. Resulta casi un instinto primario, animal; una broma pueril que nos hace invencibles.
(El desdén televisivo
como ruido de fondo.
Hay finales novelados.)





Es casi imposible aprovechar el tiempo
mientras se hace de vientre.
(Así lo llamaba mi abuela, "hacer de vientre".)


Las horas previas a una cita no son asépticas. Son superchería. Podemos vernos en los espejos. (Oir agua circular por las paredes o la mierda saliendo sin esfuerzo de nuestros cuerpos.)
¿Qué sabemos de todo ello?

Informe sobre el estado de las escuelas

Todo el mundo sabe que las escuelas, los colegios, los institutos, son lugares de muerte y putrefacción; lugares en los que las almas caen en picado, víctimas de un falso rigor académico que no lo es tanto, riguroso, como falso. Desde que uno entra hasta que sale se empapa de una sarta de insensateces destinadas a ahogar cualquier atisbo de curiosidad, cualquier interés por cualquiera de las materias, caducas, alienantes, putrefactas. Los currículos los diseña un equipo de asesinos de almas desde un despacho, lejos de lo que no deberíamos llamar "mundo real", aunque vamos a llamarlo, mundo real, porque algo tiene de realismo, de cosa tangible, que se palpa, que duele. No hay dolor en los despachos, sin embargo, en las escuelas, los colegios, los institutos, el dolor se palpa; nos mata, todos y cuantos entramos en estos centros de putrefacción morimos de dolor, nos vamos apagando; ellos, los alumnos, aún tienen vidas por delante; uno espera que sean como gatos, que sobrevivan, aunque con la cabeza cortada, con el alma reseca de respirar el odio y la muerte que se predica aquí dentro. Y no es de extrañar que así sea, pues lo primero que se divisa son los límites, las cotas, las imposiciones, los porquesíes. El alumno, un desgraciado abandonado durante unas horas al día por sus padres en manos de un equipo de incompetentes, se somete al delirio de individuos frustrados, cansados de sentirse vivos y sin embargo hurgando en lo añejo, lo desfasado, lo inútil. Este equipo de incompetentes reaccionarios coarta al pobre niño, indefenso, falsamente rebelde (¿en que consiste la rebeldía del adolescente de hoy en día, en lanzar bolitas de papel por los pasillos; buaaa...?); decía que los putos incompetentes conservadores de lo añejo que formamos el equipo educativo cumplimos gratamente nuestra función: matar la curiosidad natural del ser humano, aburrirlo hasta morir, encauzarlo en el maldito estilo conservador y reaccionario que nosotros profesamos, incapaces como estamos, incapacitados de por vida y sin duda víctimas de la misma trampa mortal ejercida contra nosotros años antes, cuando nosotros pasamos por el mismo puto sistema, incapacitados, como decía, para sentirnos vivos y fuertes y sanos. Enfermamos por propia voluntad, acumulamos neurosis, dermatitis, dolores de cabeza constantes y reumas cerebrales; enfermamos porque no queremos ser como somos, en el fondo nos damos cuenta y queremos escapar; y nuestras enfermedades son el signo evidente de nuestras ganas de huir. No podemos porque hemos hipotecado nuestras vidas; nuestro estilo conservador de pensamiento nos ha cargado de lastres, de deudas; con los bancos, pero también con el Estado, con nuestros amigos y conocidos, con nuestras familias, nuestros primos y nuestros hijos. Tenemos que responder a no sabemos qué, nos pasamos la vida respondiendo; sin embargo, no hay pregunta; se trata de respuestas vacías, que lo único que hacen es cargarnos de tensión en nuestras vidas que van desapareciendo poco a poco, poco a poco vamos muriendo, nos vamos apagando enterrados en toda esa montaña de deudas e hipotecas que no nos pertenecen; hasta que llega el punto en que ya no sabemos quienes somos, hemos sido literalmente enterrados, muertos en vida, por todo ese cúmulo de prejuicios por los que ya somos definitivamente dominados. Entonces lo único que nos queda es asesinar el prójimo; matar a los hijos de nuestros semejantes para que sean igual de desgraciados que nosotros. En eso consiste. No hay esperanza.

20091108

Juez de silla

Si tu ciudad tiene ya un buen estadio de football, un museo de arte actual, uno o varios edificios de autor y una carrera de coches de carreras, ponle un buen campeonato de tenis; trae una o dos figuras internacionales. El tenis viste bien, da prestigio, atrae al personal.
Cuando comienza la semifainal, llega el "president" y se sienta al lao de Barry Eggleston (Andy Warhola reencarnado) y del otrora entrenador de Juan Carlos Ferrero y hoy empresario, Antonio Martínez Cascales. Al "president" se le nota apocado, forzando una sonrisa que se intuye triste, suplicante, intentando justificar a cada momento su presencia, su prestancia como encargado de ese cargo que le pesa y ya le encorva, como un buitre o un chacal, en todo caso un animal mezquino, indirecto, rapaz.
Nos complace vivir este momento; un momento de pundonor popular, de protesta colectiva, cuando, al sentarse el "president", la muchedumbre hace una pedorreta estruendosa, como si Fernando Camps se hubiera cagao encima. El "president", haciendo gala de su "profesionalidad", de sus enormes tablas, hace como que se divierte, dibujando una rara mueca en su jeta y haciendo palmas, como una foca en un circo de agua. Pero la multitud no tiene bastante; de repente, todo el mundo empieza a ladrar: lladre, lladre, lladre... que en caztellano quiere decir, por supuesto: guapo, guapo, guapo... A lo que el "president" contesta haciendo el gesto de saludar con la mano. En eso que Javier Verdasco, que a pesar de haberse hecho la foto con Juanjo Camps es un tipo concienciado, por un mundo mejor, agarra su raqueta como un boomerang y la lanza haciendo eses hasta la calva cabeza de Rodrigo Camps, el nostre benvolgut "president". La gente se descojona y hace palmas; y Antonio Verdasco chasquea los dedos lamentando no haberlo matao. Andy Murray, sin embargo, haciendo gala de su legendaria flema inglesa, no hace caso, a lo suyo con el calentamiento.
Naturalmente, nada de esto ha ocurrido; de manera que los cientos, tal vez miles, de pijos congregados en torno a la fiesta del tenis solamente observamos, miramos, hablamos, sentados a pocos metros de tan altos dignatarios. Alberto Camps nos ha conseguido, para nuestra ciudad, un importante torneo de tenis, en un maravilloso escenario; lo disfrutamos, lo estamos disfrutando, y callamos.
Nos cambiaron las entradas del viernes por un par de entradas para el sábado, para las semifainals. (El viernes, mi creciente nerviosismo casi llega al paroxismo, cuando comprobamos que nuestras entradas, casi tan caras como las del sábado, eran para las ocho de la tarde; se estaban jugando los mejores partidos sin poder verlos, ay, nos quejamos a la taquillera y conseguimos cambiarlas, gracias, muchacha, muchas gracias.)
La primera semifainal era un duelo entre rusos. Sara se burlaba de las damas de la sociedad alta valenciana. La dona de Ivan Helguera, insigne jugador del Valencia Football Club, se cree una top model, atildada como una estrella; se levanta de su silla y, enseguida, Sara se apercibe: ay, si parece Sherlock Holmes, ja, ja, ja. Nikolay Davydenko estaba apalizando en el primer set a su compatriota Mikhail Youzhny. Felipe Camps todavía no estaba, ni Eggleston, ni Cascales. Pero estaba Jordi Arrese y su novia y, a pocos metros de nosotros, el juez de silla Carlos Bernardes (que ha ejercido en multitud de importantes acontecimientos, grandes eslams, másters) observa a los rusos desde una esquina, sentado en las gradas, bromeando con alguien. Agradecemos de verdad a Norberto Camps que nos haya proporcionado los servicios, a su vez, de este importante juez de silla; pues este gran acontecimiento nuestro no iba a tener carisma sin el carisma de esta cara conocida.





El carisma.


Me hace gracia tenerlo delante, la verdad, le tengo una cierta estima, de tanto verlo por la tele (la tele dignifica a la gente, por tanto). Sara me dice que me acerque a que me firme la entrada, a lo que me niego al instante, por no molestar. Pero nos fijamos en que, de inmediato, un tipo sin duda muy atrevido le tiende la mano y su entrada y Bernardes, muy educado, complacido, estampa su firma en el papel.
Bernardes es brasileño, le digo a Sara.
Y muy guapo, dice ella.
El aire acondicionado estaba a tope. Suponemos que para que los deportistas, bajo decenas de focos de luz, no se achicharren. Sin embargo, nosotros, los mirones, quietos como estamos en nuestras sillas, nos estamos pelando (yo no llevo apenas ropa de abrigo; aguanto porque me siento rejuvenecido e ilusionado de ver un partido de "alto nivel" como el que estamos viendo).
Los pijos más avispados llevan un kit de supervivencia, compuesto de tortilla de patatas y cerveza, nosotros, inexpertos en estos lances, llegamos a las once de la noche sin probar bocado (ambos duelos se alargaron a los tres sets, lo que me hubiera extasiado si no hubiera tenido MUCHAS ganas de largarme a casa desde la primera media hora del primer partido: al borde del congelamiento, con hambre, sed y una tremenda cagalera, pero infantilmente obstinado en no perderme ni uno solo de los movimientos de los atletas).





Soldados rusos.


El duelo ruso cambia su rumbo. Davydenko, esas piernecillas, esos bracitos, cede ante el buen estilo atacante de Youzhny. Ambos me gustan, siendo muy distintos. Davydenko es de la estirpe de los Connors y Agassi, o, concretamente y por línea directa, Kafelnikov; es decir, un jugador que basa su juego en dominar al contrario desde el fondo, metido en la pista y lanzando zapatazos de lado a lado, procurando desgastarse poco y no abandonar su posición, central, sin moverse hacia delante pero sin retroceder. Me encantan esos golpes muy planos y esa capacidad para "torcer" la muñeca y cambiar el sentido de sus tiros, amagando su intención hasta el último momento. Davydenko es como un soldado, pertinaz, insistente, maquinal. Tiene solamente una estrategia, aguantar en el fondo sin perder su lugar; me gusta porque no retrocede, no lifta, no se defiende, sino que lanza, uno tras otro, sus obuses teledirigidos.
Youzhny, en cambio, es un estratega. Ha soportado durante el primer set que se le machaque el revés y ha ido encontrando, poco a poco, la manera de atacar a su impasible amigo. Mucho más elegante, con un talento, digamos, más flexible, "invita" a Davydenco a moverse hacia delante, para, sin duda, incomodarlo y sacarlo de su posición en la línea de fondo. Ello le hace correr inumerables riesgos, falla mucho pero, al menos esta vez, logra ganar. Al acabar nos dispensa su saludo típico, cual soldado en un cambio de guardia, a las cuatro bandas. Uno, dos, tres y cuatro.
Se les van a constipar los tenistas, dice Sara.
Acabado el encuentro, Bernardes entra en la pista y ocupa su lugar natural, encaramado a la silla como un buda. Se ajusta los altavoces, estira la piernas. Advierte que el partido de Verdasco contra Murray va a empezar en cinco minutos. Intentamos acercarnos al bar, pero resulta imposible; un enjambre de pijos se aglutina entorno a una diminuta barra. Esperamos a que el partido empiece, estratégicamente, de manera que, al saltar las estrellas a la pista, Sara se desliza sigilosamente hasta la barra, pa comprar comida. Vuelve con un paquete de patatillas.
No queda nada, dice.
Los pijos han acabado con todo. Con esos pelos engominados, esas bufandas de piel de zorra y esos zapatos lustrosos, se meriendan nuestros bocadillos a precio de oro. (Un paquete de patatillas, diminuto, vale dos euros; todo sea por el entorno, inigualable, sublime, gótico, espectral. El llamado Ágora, en su interior, es como la caja torácica de una ballena. Esta arquitectura, le digo a Sara, docto, va a ser mitificada, igual que Gaudí en Barcelona. El mundo, la posteridad, en sentido artístico, es de los manieristas; malditos putos manieristas.)





Tenis independiente.


A Sara le gusta la novia de Arrese. Yo me estoy enamorando de Murray. Somos una pareja singular; nos hemos casado, a conciencia, un gay y una lesbiana.
Es muy, muy guapa, exclama Sara. Creo que Murray me ha mirado, le digo yo. No es broma; Andy, ese tenista virtuoso, se reconcentra tras cada saque, tras de cada punto al resto, mirando hacia un punto indefinido por encima de la cabeza de la recogepelotas, lo que hace que parezca que mira hacia nosotros.
Seguro que piensa de ti que juegas de puta madre al tenis, advierte Sara.
En el partido, Andy Murray hace lo que quiere. Ora se reserva, muy atrás, con bolas blandas, elevadas, como queriendo decir: no me haces pupa. Ora estalla, hacia delante, esquinado, con un golpe plano, imposible. Ora nos deleita con alguna dejada o una volea geniales, de "toque", desactivando la potencia impostada por el forzudo Verdasco (más preocupado por la calidad de sus pectorales, turgentes, superdefinidos, perfectos, que por la efectividad de su tenis).
Verdasco es un tenista de pose. Hace el tenis que "cree" que queda bien, dentro de una épica simplona, muy poco inteligente. Lo "pega" todo sin otra intencionalidad, buscando el aplauso, sin construir, acelerado, pagado de esa facha de "tenista moderno" que tiene. (Esta vez, el peinado escondido debajo de una gorrita.)
El partido se alarga hasta el tercer set y nosotros nos cagamos en los putos técnicos del aire acondicionado. Ladislao Camps, arrugao en su silla, charla tranquilamente con Cascales, expresando, sin duda, alguna mezquindad. Eggleston hace rato que ha desaparecido con su secretaria; nos lo imaginamos en el cuarto de aseo de uno de los restaurantes de lujo que han improvisado en las inmediaciones del evento, disfrutando de una sensacional felación. La novia de Arrese sigue impertérrita, sublime. Y Andy, camino de la victoria, me sigue mirando, como si dijera: todo lo hago para ti.
Al acabar el partido, nos acercamos para hacerle un par de fotos con el móvil. Unos chavales le tienden sus entradas, para que se las firme. El tenista accede, muy amable. Sara reacciona con rapidez y, como si fuera una fan, le da la suya a firmar. Andy Murray hace un garabato ilegible.
Toma, me dice ella mientras nos alejamos. Te lo regalo.

20091105

Un beso muy fuerte

Lo digo en serio. Tengo la suerte de trabajar. Hay un altar para todos. Horas y horas de divertimento. Tope guay. No es bonito, pero no hay nada que contar.
Buenas, soy un delincuente. Hola, mis chicos. Uno se acostumbra pronto.





No hay nada tan desagradable como que entren. Acabamos de pintar; no me gusta meterme en obras. En primer lugar y antes que nadie, prefiero mantenerme al margen del asunto de Manuel Cobo. Enhorabuena; en positivo, hay casos que presentan dudas. Podemos hacer lo que queramos; podemos casarnos. Una vida nueva; causa dolor encontrarse. Ace de segundo saque para Verdasco. No olvido a Pollotriste. Corre, cerdo, corre escondido. Hay historias de sexo en las que sobran las palabras.
Un corzo o un ciervo follan cada cinco noches; en total es preciso follar un veinte o un treinta por ciento menos. Hay algunos, esquivos, que follan de chiripa.
Este modo es natural en la conducta amorosa; llamo a casa, disculpas por haber ido al colegio, intento ser responsable con los estudios, sin tapujos, por el apoyo monetario, optimista en los restaurantes, los jueves, en las clases de catecismo o en la oficina, en los montes, en el nombre del amor.


La escuela me mata. No me entra. Me gusta andar por las calles cogido de la mano. Verdasco ha ido con mucha tranquilidad, buscando el punto. Entra con la derecha y cierra el set. Hay derechos que no pueden comprarse; merezco mejor vida. No causo problemas.





No entiendo que no guste Modiano.
La jornada es fiesta;
he de afrescarme. Sara se ha ido a pasear.
Dice que me afresco para trabajar,
y no para ella.
Tengo demasiados cuadernos en blanco;
demasiadas psoriasis;
demasiados alumnos.
Me preocupa que Adela, una chiquilla sorda,
no quiera ponerse el audífono
en mis clases.
Algo sucede, algo le sucede,
al entrar.
He de consultarlo con alguien.


Hasta ahora cuento solamente los resultados positivos.

20091104

Una tarde en un museo

La madre enferma. La hija lleva a la madre a que la vea un doctor. La hija me pide que lleve a su hijo, nieto de la madre, al museo, a medio camino de donde ellas han ido a visitarse. A veces, llevamos a nuestro hijo a casa de su abuela; pero la visita al doctor de hoy la pilla cerca de donde solemos pasear al nieto; por tanto, la hija me pide que acerque al nieto de su madre al museo, para que se vean. La madre, la abuela del nieto, siempre se alegra mucho de verlo. Suele confundirlo con una nieta; a menudo ni siquiera la corregimos cuando se equivoca; Diego es su chica, unas veces, o su chico, otras. Yo creo que se confunde por Sara, su hija, pues la tuvo mayor y siempre ha sido "su chica"; y entiende que "su chica" ha parido una chica que es, a su vez, su chica, y no un chico, como es lo que la hija ha parido, Diego.
Diego se suele asustar de los aspavientos que hace su abuela cuando se ven. No aguanta que lo dejes encima de ella, se rebela, asustado. Prefiere el suelo, gatear. Entonces, libre, gatea; y su abuela lo mira, divertida. Resulta una escena muy tierna.
En un momento dado, Sara dice que entremos al museo; se trata del Museo de Bellas Artes, antiguamente conocido como Museo San Pío V. Yo no la entiendo; podemos quedarnos en el bar del museo, donde estamos. Pero ella es obstinada; todos a ver el museo. La abuela, en su silla de ruedas, el nieto, en su carrito. El museo, sin apenas visitantes; las salas, silenciosas, para nosotros.
Sara me pide que elija una sala con buenas pinturas, que merezca la pena dedicarse a mirar por un rato. No la acabo de entender; en ese momento creo que, como suele ocurrir, ella pretende contentarnos a todos. Les llevo a ver el autorretrato de Velázquez; una sala dedicada al Barroco, con riberas e, incluso, un cuadro de El Greco (muy bonito, por cierto). Descubro una pintura de Velázquez que no he visto nunca antes, un retrato de un religioso muerto, con su mortaja. Es un cuadro muy realista, tenebrista, por lo que deduzco que se trata de un trabajo de la etapa sevillana del pintor. Tal vez no aparece en los libros porque le haya sido atribuido muy recentemente.
Caminamos por otras salas, empujando la silla de la abuela y el carrito del nieto. El nieto solloza y la abuela renega. Dice que todo esto es cosa de la iglesia, que no nos incumbe: no quieren que vayamos a misa y nosotros venimos a ver todo esto, dice.
Luego, en un momento dado, la hija, Sara, dice algo que me advierte de sus intenciones. A su madre, intentando calmarla, queriendo convencerla: son cuadros muy buenos, muy importantes, y hay que venir a verlos, al menos, una vez en la vida. Pero la madre sigue ajena, lejos de las intenciones nobles de su hija. Han gastado mucho dinero, dice, no nos interesa, no es para nosotros.

Mi personal fracaso

Ayer conducía camino de un pueblo. Iba a recoger un cuadro que no ha sido seleccionado en la "bienal" de artes plásticas de ese mismo pueblo. Estaba parado en un semáforo en la Alameda. Pasó por delante del coche un tipo de mi pueblo (mi pueblo no es, necesariamente, el mismo pueblo que el de la "bienal"). Tuve un flashback mental. No conozco el nombre del tipo pero, durante algunos años de mi tierna infancia, el tipo en cuestión fue un referente para mí. Es unos años mayor que yo; cuando yo era un niño, él era un adolescente. Y sabía dibujar, ganaba concursos de dibujo sabiendo dibujar. Vamos a llamarlo Sabe Dibujar II.
Conocí a Sabe Dibujar II en el primer concurso de dibujo al que me presenté, en mi pueblo. Había dos categorías: infantil y senior, pongamos. Nos reunían a todos los concursantes en la plaza del Caudillo, reciclada posteriormente y actualmente plaza Mayor, y nos permitían dibujar cualquier rincón de esa plaza.
El concurso lo organizaba una señora que daba clases de dibujo en una casa de la misma plaza del Caudillo. No la recuerdo bien, nunca fui a sus clases; nunca fui a clases de dibujo, mis padres no se tomaban en serio mi afición, creían que saber dibujar era algo espontáneo, un don; así que crecí como dibujante bastante asilvestrao, copiando fotos de revistas y cómics.
Sabe Dibujar II era el mejor alumno de la señora ésa que daba clases, tampoco recuerdo el nombre de la tipa. Va a ser Señora de Negro, pues la recuerdo vestida así, de negro. La Negra, vamos.
Recuerdo perfectamente el dibujo de Sabe Dibujar II; una cornisa de un edificio dibujada con una técnica acojonante, sombreado perfectamente realista y pulcro, pim, pam, pim, pam. Recuerdo quedarme pasmao viéndolo dibujar.
Yo, como siempre, hice algo muy rápido. Creo que dibujé la fuente de la plaza. Cuatro rayajos, sin sombras ni na. (Nunca he aprendido a sombrear; cinco años de universidad artística no me han sacado de esta incertidumbre, no sé hacer nada de manera, digamos, correctamente académica; el tipo aquel, con catorce o quince años ya sabía hacer un dibujo realista mejor que yo después de licenciarme en Bellas Artes.)
Presenté mi fuente y gané el concurso en la categoría infantil. Sabe Dibujar II ganó en la categoría senior.
Un par de años después me volví a presentar al mismo concurso; esta vez en la categoría reina. Sabe Dibujar II no estaba. Mientras tanto, Sabe Dibujar II se había convertido en un referente para mí. Mis padres nunca me llevaron a las clases de dibujo de La Negra. Cuando veía por ahí, por la calle, en la feria, en los bares, en la panadería, en correos, a Sabe Dibujar II, me acordaba: este tío sabe dibujar de verdad, solía pensar.
Ayer, en la Alameda me volví a acordar. Sabe Dibujar II tiene hoy un aspecto pulcro, igual que aquel dibujo suyo ganador; como ese tipo de gente que sale adelante, en la cual confías para prosperar. No sabría decir si se ha convertido en un técnico o un arquitecto o algo parecido. Podría ser un fontanero; pero, en cualquiera de esos casos, la impresión es la misma: alguien recio, de carácter fuerte, con una coraza consistente, sin profundidad. Pensé en él como en un candidato seguro para llegar a viejo; de hecho creo que si llega a los ochenta o noventa años de edad cambiará poco de aspecto. Seguirá siendo una especie de roca andante. Como si las contingencias del mundo no le afectasen en absoluto; sabiendo siempre conducirse por el lado correcto, el de las normas asumidas. Digamos que sigue siendo un alumno aventajado de la Academia, sólo que, en este caso, de una academia más amplia. La Academia, vamos a llamarla así, de la Vejez Prematura.
Más tarde, con el tiempo, agradecía a mis padres que no me llevasen a dar clases de dibujo con La Negra.
La segunda vez que me presenté al concurso de dibujo debía tener catorce años, tal vez quince. Fui con un amigo de entonces que hoy es un ilustre ingeniero de caminos. Esta vez, el escenario era un parque, el Parque del pueblo. Mi colega y yo nos pusimos a dibujar la puerta de entrada al parque, de estilo modernista, y unas escaleras. Mi colega, que con quince años ya era medio ingeniero, hizo un minucioso dibujo de la puerta, levantado ladrillo a ladrillo. De hecho, no le dio tiempo de dibujar todos los malditos ladrillos.
Yo acabé en veinte minutos. Sin saber lo que era el puto impresionismo hice una especie de dibujo impresionista, sin asumir los detalles. Un garabato, digamos, sorollista, iluminista.
La Negra, lo recuerdo perfectamente, se puso un momento a mirarme dibujar y pronunció una sentencia que tiene cierta gracia años después, pero que en su momento me llenó de orgullo; dijo:
Si no dedicas tu vida a ello, perderás el tiempo.
Le hice caso, más o menos. Por supuesto, gané el concurso. Me dieron unas perras y un cuaderno de dibujo, creo; tal vez una copa (o no, la copa la gané en el salto de longitud o en las carreras de sacos), no lo recuerdo.
Llevo veinte años dibujando y pintando. He ganado tres o cuatro concursillos de pueblo, absolutamente provincianos, horribles. En la mayoría, ni siquiera me seleccionan. Se puede decir, a estas alturas, que soy un fracaso absoluto. Sin embargo, como predijo La Negra, no estoy perdiendo el tiempo. Me siento mucho más joven que Sabe Dibujar II, sea quien sea. Yo conservo intactas todas mis potencialidades.

20091103

Nuevas generaciones de siniestros

Los anacardos me pierden. Estoy perdido como un anacardo. Vuelvo a casa en mi coche. El viento sopla. Mueve una rama, luego otra. Tal vez, todas las ramas al mismo tiempo.
Hay dos huecos en los estantes. Son para que no se entretenga Diego destrozando unos libros que no sabe, de momento, ni mirar ni leer. Tiene jueguetes de colores vistosos; sin embargo, siente una afinidad especial por los libros de los estantes bajos, a su altura; pretende sacarlos de su sitio y destrozarlos, como si fuera una fiera salvaje.
Vuelvo a casa en mi coche. Miro el lector de audio. He olvidado la carátula. Escucho la calle, los coches. Decido, por un instante, no volver a interesarme nunca en las tonadillas hechas por los seres humanos. Sonidos artificiales, ritmos cargados de trampas, de estética.
Como anacardos. En este momento, de hecho, como anacardos.
La chica que se encarga de Diego mientras Sara y yo trabajamos, S., es vegetariana. Ella come anacardos; dice que es su fuente de proteínas. Como soy envidioso, me estoy comiendo la fuente de proteínas de S.
En clase, pongo tonadillas. Satie. Tonadillas tristonas para piano.
Mis alumnos son unos putos maricones; ninguno protesta.
Los nuevos siniestros se llaman emos. O eso dicen.
Las chicas emo se hacen heridas en los brazos. Las marcas que se hacen son como tatuajes; le aportan oscuridad a su aspecto siniestro.
No me han calado los nuevos hippies lisérgicos.
Desde hace lustros solamente veo revival. Todo es revival. Si el revival te lo acierta, te quedas con la cosa. No lo acertaron conmigo los Devendra Banhart, ni las Cocorosie.
Smog y Palace eran revival, tal vez, a pesar de que yo no los escuchaba como revival. Eran revival de Dylan y Lou Reed.
Los lisérgicos son revival de The Incredible String Band y cosas así. No me gustan. Supongo que, como dice Antonio, se trata de factores sociales, vitales.
Mis gustos son conservadores. Apuntan a lo indiscutible; por eso me molesto si alguien los ataca; porque para mí son como los cimientos de mi casa. Que nadie me discuta sobre Dylan, que nadie ataque en mi presencia a Neil Young; es como atacarme a mí.





The XX.


Los siniestros me tocaron en plena adolescencia. Yo no lo era, en sentido orgánico. Sin embargo, el siniestrismo fue calando hondo en mi persona.
El siniestrismo debe ser conservador. No tengo argumentos para evaluarlo.
Bebo té. He acabado ya con los anacardos. Casi he acabado con el aporte proteínico de S.
Que se joda. (S. es adventista; debo recordar buscarlo en google, no sea que estemos dejando a Diego en manos de una tarada.)
Echo and the Bunnymen, Sad Lovers and Giants, The Cure, Cocteau Twins... Todos estos grupos marcaron algo. Luego he renegado; he repelao la cosa. Demasiao humillo; demasiada atmósfera. Resulta curiosa la evolución de los gustos. Factores sociales, vitales, como dice Antonio.
Pero lo que te toca en la adolescencia...
Vuelvo a casa conduciendo mi coche. Hoy no escucho el viento, ni las calles ni los otros coches. Escucho un grupo de adolescentes que se hacen llamar The XX. Me gustan mucho.
Los hippies lisérgicos no me gustan. El neo-glam me da igual. Pero estos adolescentes siniestros me gustan mucho. Soy incapaz de dilucidar el motivo. Puedo decir que me recuerdan a todos aquellos grupos de mi adolescencia: Echo and the Bunnymen, Sad Lovers and Giants, The Cure, Cocteau Twins. Tal vez, The XX han repelao la fórmula. Utilizan las mismas atmósferas con, digamos, menos elementos.
Leo que incorporan cosas que no me han afectado, como Burial, por cuestiones, como digo, generacionales. En espíritu, los sensacionales Young Marble Giants.
Incluso, regusto a Chris Isaak en algunas canciones.
Deben ser un producto. Un artefacto de un productor musical avispado.
Demasiado calmos; demasiado...

20091102

La modelo y el tenista

Concentración de pijerío valenciano de todas las épocas y de todas las edades se aglomera, a cada oportunidad, en torno a la Ciudad de las Ciencias; por lo que, no es de extrañar, con el Open de Tenis concentración de pijerío se concentre con mayor intensidad si cabe, en torno a ese idílico paisaje retrofuturista, blanco y puro como el alma de su creador, manierista con aspecto de blanco reprimido, de cuyo nombre no me acuerdo. Concentración de pijerío deambula arriba y abajo del recinto tenístico, a la caza de autógrafos de gladiadores nuevos con rostros apolíneos y trajes blancos, elegantes como el alma de reprimido. Cosas que parecen cosas pero son casas, edificios de autor, manieristas, post-biónicos. La biónica aplicada al diseño consiste en copiar estructuras biológicas para hacer las cosas más sencillas y más prácticas; si uno se da una vuelta, soportando la mayor concentración de pijerío posible en la ciudad de Valencia, estos días, por esos parajes diseñados por reprimido, uno se da cuenta de que el tipo ha hecho estética, o bio-estética, costillar, pez, ojo y su puta mare. El techo, de hecho, no se cae; dice hermano mío, que es ingeniero, que el puto techo no se cae porque un ingeniero asalariao ha puesto un soporte, un contrapeso enorme, pa que no se caiga, lo cual es, sencillamente, una gilipollez, pues una obra de arquitectura no debería ser un puto más difícil todavía sino una cosa racional, guapa y funcional a partes iguales, y si cualquiera ha pensao sobre el asunto lo funcional acaba siendo lo más guapo, aquí y en Roma. Nosotros ya tenemos nuestras entradas, para el viernes, a ver si hay suerte y juega uno de nuestros tenistas favoritos, Murray o Youzhny, por ejemplo. Pero hoy llegamos tarde, así que nos damos una vuelta, diluidos en concentración de pijerío, y vamos a las pistas de entrenamiento a ver si vemos entrenar a uno de nuestros tenistas favoritos, Murray o Youzhny. En su lugar hay un tipo dando leches como cañones cuyo nombre no conozco, un español liftón, con su entrenador y su NOVIA. Ella es modelo, por supuesto. La modernidad, al fin, ha llegado a Valencia; del torero y la cupletista pasamos al tenista y la modelo; él, dando leches liftadas emulando a Nadal, a ver si le entra alguna dentro de la pista (es un tenista de segunda, sin duda, no le entra un puto tiro). Ella, a ver si caza uno de verdad, un tipo realmente rico que le haga la vida fácil. Pasa por delante de nosotros, la modelo, con esas tetas que bien podría haber utilizado Calatrava, vale, ya me acuerdo del verdadero nombre de reprimido, como modelo biónico pa diseñar su Ciudad, que bien podría haber sido La Ciudad de las Tetas, perfectas en el cuerpo de la modelo, como pitones apuntando al frente, marcando la dirección del paso. El tenista de segunda dando zapatazos como un gilipollas, a ver si metes una, cabrón. Nosotros dando vueltas por esa Ciudad que es como un costillar, un ojo, un pez, llena de pijos de todas las edades y de todas las épocas. Compramos nuestras entradas para cuartos, a ver si tenemos suerte y vemos a alguno de nuestros tenistas favoritos, Murray o Youzhny, por ejemplo.

20091031

Eros en los parques

Si uno visita regularmente los parques de columpios de las ciudades y las consultas de los pediatras, se encuentra habitualmente con el paisaje poblado de infantes correteando rodeados de sus madres, que tratan de conservar los signos de una juventud que ya se les escapa enfundadas en unos pantalones beige y unas botas acolchadas y calentitas y esos cuellos de pana que sobresalen de sus chaquetas de piel. Esas madres le intimidan a uno, de tal manera que si uno no va paseando con la madre de su propio hijo, si uno va solo con el hijo que debe pasear y acercarse a los parques o a las consultas de los pediatras, si uno va solo con el hijo y se encuentra ese paisaje descrito antes, lleno de madres e hijos que balbucean con sus primeros pasitos de infantes bien vestidos por sus bienpensantes progenitores; si uno llega solo a uno de esos parques y se encuentra ese paisaje, sencillamente, pasa de largo. Uno no puede evitar, en este caso, sentirse a la vez intimidado y seducido por esas madres que cuidan de sus hijos balbuceantes mientras fuman con estilo sus cigarrillos y conversan entre ellas. Y como no puede dejar de pensar, al pasar, al huir de ellas, en sus vaginas acolchadas que luchan, por debajo de sus pantalones beige, intentando conservar la juventud que ya se aleja, ya se aleja, uno pasa de largo tratando de hacerse el despistado. Sin embargo, uno no puede dejar de pensar que la causa de esos hijos balbuceantes ha sido una polla dentro y fuera, dentro y fuera de esas vaginas enfundadas en pantalones beige que conversan entre ellas mientras inhalan la nicotina de sus cigarrillos de marca, inconscientes los cigarrillos de la sensualidad de esas bocas succionadoras del humo que los consume. Tal vez las vaginas tengan vida propia debajo de los pantalones beige y, tal vez, mantengan una charla paralela sobre, tal vez, las pollas de los maridos que corren a cien por hora por las autopistas camino de sus casas acolchadas para penetrarlas, dentro y fuera, dentro y fuera, como si fuera eso el devenir de sus vidas arriba y abajo por las autopistas y afuera y adentro de las vaginas, de las vaginas que, tal vez, tengan vida propia dentro de sus acolchados pantalones beige y mantengan conversaciones paralelas con los incoscientes cigarrillos. Esos maridos que sudan sus cojones sentados en sus butacas de despacho a la vez que se humillan frente a sus clientes o sus superiores; esos despachos llenos de papeles y cifras y dinero que entra y sale igual que sus pollas entran y salen de las vaginas de sus esposas, a las que se las sudan lo que hagan sus maridos mientras ellas conversan y fuman sus cigarrillos de marca en los parques y soportan las impertinencias de los infantes balbuceantes. Ese marido que conduce con los huevos sudaos por una autopista camino de casa pensando en la vagina de su hembra, deliciosamente arrugada; esos pliegues sublimes, misteriosos, ficticios; por los que resulta casi imposible conducirse. Esos pliegues esconden el misterio de la esposa, ausente de las cotidianas preocupaciones financieras del marido; esos pliegues que se abren generosamente cuando los maridos llegan a sus hogares calentitos, mientras duermen los infantes, desapercibidos, para que el secreto de la noche orqueste el milagro de las pollas que entran y salen, entran y salen de las vaginas de las madres que conservan, a base de costosos tratamientos de belleza, la juventud que ya se aleja, ya se aleja. Paso de largo; no puedo dejar de imaginar las conversaciones paralelas de las vaginas sobre las pollas que las penetran y, tal vez, uno o dos culos escaldados a causa de la perversidad consentida de una madre generosa que da paso a esa otra alternativa. Paso de largo contemplando de reojo esa escena barroca e imaginando el mundo tal y como supuestamente es, lleno de misterios asociados a esas sorprendentes hembras que cuidan de sus infantes tranquilas en los seguros parques de las ciudades.

20091028

Las tijeretas

Por las noches, las tijeretas salen para comerse los libros. Las tijeretas viven bajo tierra. Lo mastican todo.
Tenemos varias versiones. Aparecieron cuando Sara, viviendo sola, llenaba la casa de cajas de cartón. Las cajas eran improvisados muebles provisionales. Mesas, cajones, hasta sillas; pues ella pesa poco y puede sentarse con facilidad sobre una caja de cartón sin que se hunda.
Luego llego yo. Yo soy el gusano.
Las tijeretas, durante el día, duermen.
Este libro es como cualquier libro, dice Clarice Lispector de su libro. Pero me sentiría contenta si lo leyesen personas con el alma ya formada.
Como cualquier libro. Como otros libros. Como muchos libros.
Empieza de esta manera:
... Estoy buscando, estoy buscando. Intento comprender. Intento darle a alguien lo que he vivido y no sé a quién, pero no quiero quedarme con lo que he vivido. No sé qué hacer con ello, tengo miedo de esa desorganización profunda. Desconfío de lo que me ocurrió.





Cucaracha seductora.


Vivir como si fuese otra cosa. A eso llama Clarice Lispector desorganización. Y sigue: quiere tener la seguridad de que, si se aventura en esa desorganización, va a saber volver.
Volver, digamos, vamos, dice ella, a la organización primitiva.
No pretende confirmarse en lo vivido. En la confirmación se pierde, dice, el mundo tal y como se tiene; y dice no tener capacidad para inventarse otro.
Pues, bien; yo, tampoco.
Hace un día luminoso. Las tijeretas andan escondidas o durmiendo.
Las cucarachas anidan en nuestro interior, seductoras.
Nos proporcionan, según la bella Clarice Lispector, una alegría difícil.
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