rumores y sombras

20090713

Imposturas e internet

Internet permite impostar. No solamente internet, pero internet es el planeta de los impostores. Llevo un lustro impostando cabalgando un brioso corcel, mostrando el lado que me interesa, como un julio iglesias cualquiera. Soy muy valiente navegando este velero de altos fustes como pollas rosacruces. Me bato en duelo con cualquiera, piratas de amplios mares consuetudinarios, maricones estudiosos de cualquiera boutade en verso. Nunca me reconozco, quienes leen lo que escribo y hablan conmigo lo saben, soy un mentiroso, me escondo bajo un nick estrafalario que se parece, solamente se parece, a mi nombre. Vaya personajillo esnob, piensa mi chica, que no lee lo que dice que lee, y, sin embargo, escribe sobre lo que no lee como si leyera, como si hubiese digerido una lectura que no ha probado. No solamente de lecturas trata mi impostura: critico falsamente exposiciones que no he ido a ver, hablo de tonadilleros musicales que apenas he escuchado una o dos veces y defiendo, a la moda, filmes y autores hacedores de filmes que ni siquiera conozco, solamente por la codicia de figurar en este escenario, internet, red de redes. Y que dos o tres que no conozco se traguen mi mentira, mi personaje, mis ideas falsas, mis meditaciones de mesa camilla. No soy el postrero mentiroso, soy experto en desmantelar los argumentos de quienes son como yo: falsos cultos, falsos teorizantes, expertos de medio pelo, agitadores de aire, meacharcos, mequetrefes con aires de grandeza escondidos bajo alias irrisorios. Impostar mola, basta con soltar exabruptos, buscar uno o dos vocablos rimbombantes, basta con haberse repasado de memoria lo que pone en las solapas de las novedades editoriales. Se imposta para "comunicarse", compartir intereses, "crecer". Crezcamos juntos, impostores. No sabemos nada de nada, pero edificamos nuestros castillitos de arena con los que sentirnos confortables: la realidad nos abruma, tenemos esta existencia "paralela", hacemos amigos "paralelos", discutimos exaltados por una o dos de nuestras ideas peregrinas. Somos poco rigurosos y nos justificamos autocalificando nuestra actitud como "diletante". Yo, en lugar de leer Madame Bovary por tercera vez, en lugar de acabar de leer el puto Tristram Shandy, en lugar de beberme los Ensayos de Montaigne, en lugar de saber lo que digo, construyo en este blog diminutos ensayos ficticios, diminutos monumentos a uno mismo. No hay vuelta de hoja; soy un elegido, me he autoelegido para sobrevolarlo todo con mi hueca verborrea. Yo "lo supero" casi todo, con cinismo, con un sentido del humor cargado de esnobismo, pues, no cabe duda, estoy informado, leo los titulares de los diarios y me hago una idea y digiero una hoja de lechuga y me veo alimentado. Puta anorexia. Tal vez consiga algo, tal vez, negando, borrando, rechazando, eligiendo, consiga algo. Lo dudo mucho, pues conseguir algo implica trabajo duro. Y trabajar duro no es lo mío.

20090711

La ropa

Mi madre me ha regalao unos pantalones. Lacoste. Me sientan bien, pero son largos. Paso de ir a que los corten. Este invierno me he comprao dos, me vienen anchos y largos. Hice que los midieran, pero los midieron mal. Son anchos porque son de lona. Me dije a mi mismo que nunca iba a volver a comprar pantalones de lona, esos que llaman "vaqueros". Soy de polla discreta, pero los huevos me han crecido demasiao. La lona es muy dura, molesta. No lo tienen en cuenta las modas.
De cualquier manera, este invierno pasado vuelvo a comprar unos pantalones de lona, por contradecirme, tal vez. Anchos, muy anchos. Si se me afloja la correa, los pantalones se me caen. He temido durante todo el invierno que me ocurriera en alguna de mis clases.
Los Lacoste son de gilipollas, Sara dice que "de abuelo". Mi madre me los ha comprado como si se los comprara a mi padre. La mujer se preocupa de decirme, cuando me los da, que tienen un ticket de regalo, pa poderlos cambiar. Los tuve dos semanas encima de una silla, sin que se me ocurriera ir a cambiarlos. Me daba mucha pereza.
La ropa me da mucha pereza. Al final, me los he puesto. Sara dice que me hacen un buen culo, pero que son de gilipollas, de "abuelo". Resulta contradictorio.
Este postrero lustro, he sufrido mucho al ir a comprarme ropa. Soy grande, pero las tallas grandes se han ido reduciendo paulatinamente. Sobre todo en camisas y camisetas.
Cabrones. Lo hacen pa lucir musculitos. La ropa se hace para jovencillos presumidos que se machacan en los gimnasios. A los otros nos sientan fatal.
Tengo tetas. Desde hace un lustro, o dos, las tengo. No siempre las he tenido. De pronto, salieron. Con esta puta ropa no hay manera de disimularlas.
Cuando pienso en lo que debiera ser "mi estilo", pienso siempre: estilo "vagabundo". No puedo explicarlo: todo ancho y pasado de moda. Vaya idiotez. Si se imposta, entra a formar parte del puto rollo de la moda, de la puta cultura de la imagen, que es de lo que pretendo escapar. El estilo "vagabundo" solamente queda bien en vagabundos.
La postrera vez que he pensado en ello, lo he hecho en base a la funcionalidad de la ropa. Hubo un tiempo, herencia del minimalismo, en que la ropa se hace funcional. No tengo mucha idea, hace dos lustros de ello, creo. Ahora hay una cierta tendencia a sobresaturarlo todo de texturas y de signos.
Tengo mi estrategia: que sea funcional. Pero no sirve, porque las tallas grandes se reducen y ya no existe ropa funcional para alguien como yo.
Es el problema del mundo. Vas cumpliendo lustros y se te va excluyendo.
Recuerdo a un abuelo, en una plaza de un lugar que no recuerdo. Iba a la moda de su tiempo, con unos pantalones de tela, con su raya bien planchada y su correa atada por encima del ombligo. Paseaba tranquilo, con las manos a la espalda y una tierna barriguita al frente. Llegaron un grupo de jovencillos en sus monopatines, todo risas y velocidad. Uno de ellos casi tropieza con el solitario abuelo. El abuelo se sobresalta, ha de esquivar a uno de los patinadores y fuerza la postura, contrae la atrofiada musculatura del vientre y, ay, se le caen los pantalones al suelo. Cuando presencio esta escena, tal vez, yo me descojono igual que toda la "juventud" reunida en la plaza. Yo era muy joven, entonces. Recuerdo que una anciana que estaba sentada en un banco, justo frente a nosotros, no rio.
Ya me voy acercando. Va a llegar un tiempo en el que ya no voy a ir a comprar ropa. Me voy a poner la misma, una y otra vez, limpia y almidonada.






20090709

La hija de Ian Curtis

Anton Corbijn era colega. Les filmaba y fotografiaba para promocionarlos. Ahora le ha hecho una peli al cantante muerto, conchuminado con su viuda. Si ya es dificultoso autoimaginarse, imaginar la vida de otro mediante la mirada de una viuda despechada no ha de serlo menos.
Elaboro un discurso gilipollas: Ian Curtis es el Franz Kafka del rock. Nadie como ellos ha profundizado en el alma humana. Desde lugares distintos bucearon en las turbias aguas del dolor de existir. Kafka no quiso suicidarse; que me maten ellos, dijo, que me mate la vida... Curtis lo hizo, a los veinte, hecho un pipiolo, lo hizo.
La voz de Ian Curtis es como un aullido severo.
Franz Kafka ha sido el primero para alguien como yo, un adolescente educado en un colegio religioso. Kafka ha sido el hilo del que he ido tirando, el origen de ese otro escenario. Sin Kafka hubiese tenido una existencia convencional (tengo una existencia convencional, pero no soy capaz de vivirla como una existencia convencional), tal vez hubiese sido feliz, pero no me arrepiento de haberme contagiado esta enfermedad.
Un fraile, profesor de algo, me dio a leer La Metamorfosis. Fue el principio de todo. Estaba en octavo o primero de BUP.
No recuerdo mi primer contacto con alguna de las tonadillas populares de Joy Division. Creo que un amigo me trajo un vinilo a casa y no hice mucho caso. Era un rock demasiado seco, tal vez. Yo empezaba a comprar discos: Waterboys, U2...
Nuestro profesor nos daba a leer cosas chulas: la picaresca del Siglo de Oro, Cervantes, incluso, recuerdo, La Tregua, de Benedetti. Todo, al lado de Kafka, me resultaba irrelevante. Gregorio Samsa era yo. No puedo decir si Kafka me hizo sentir de esa manera o yo ya era antes de esa manera: el autoexilio, el confinamiento, la diferencia. Es dificultoso de entender ahora, pero supongo que yo era un adolescente muy introvertido, con problemas de sociabilidad, de desconfianza, tal vez depresivo. Tal vez estuve deprimido durante lustros. Kafka era yo, su dolor estaba en mi interior, esa literatura estaba escrita para la gente como yo.
En cualquier momento se produce el estallido de mi propio imaginario: las tonadillas de Joy Division alcanzan cotas de profundidad inusitadas. La oscuridad del silencio, el silencio de la oscuridad.
Tras devorar aquel ejemplar de La Metamorfosis, con El Artista del Hambre y El Artista del Trapecio, publicado por Alianza Editorial, recuerdo viajar en tren a Valencia y preguntar en la tienda de libros Soriano por otros libros de Franz Kafka. Compro La Muralla China y El Castillo. Empieza la fiebre compradora, empiezo a tirar del hilo. En cualquier lugar leo que Kafka era devoto de Dostoievsky. En la siguiente visita a la tienda de libros de los Soriano leo las solapas de todos los libros de aquella editorial; me llevo Noches Blancas, de Dostoievsky y La Caída, de Albert Camus. Los recuerdo perfectamente, recuerdo con todo lujo de detalles el sentimiento que me produjeron esos libros. Eran mi reflejo, solamente quienes los escribieron me iban a poder entender, y estaban muertos todos. Recuerdo estar completamente seducido por aquel desapego del mundo (ahora resulta dificultoso de entender, no existen sentimientos tan exacerbados como los de un adolescente).
(En adelante mis nuevas investigaciones en la tienda de los Soriano relativizaron todo ese rollo existencial, gracias a Dios, de lo contrario, tal vez me hubiese acabado suicidando. Me lo iba a pasar bomba leyendo a Bukowski y a Henry Miller: beber y follar, pero eso es otra historia.)
Primero fue Kafka y luego todo lo otro. Luego vinieron las tonadillas populares, el after-punk, los Sad Lovers and Giants, el programa de radio La Conjura de las Danzas... Iba a tardar un tiempo en dilucidar la importancia de Joy Division. Recuerdo una entrevista al lider de un grupo valenciano de rock, Carmina Burana; el tipo dijo que un grupo crucial en su manera de entender las tonadillas era Joy Division. Entonces yo ya estaba en tercero de BUP o COU, o tal vez en primero de Bellas Artes. Mis investigaciones se extendieron, mis viajes a Valencia ya no se limitaban a la tienda de libros de los Soriano, sino que a su vez iba a la tienda de discos Harmony, en el pasaje de la Plaza de Toros. En aquel tiempo compraba discos de saldo: Hoodoo Gurus, The House of Love... toda una cadena hasta llegar a Joy Division.
Unknown Pleasures: aquellas tonadillas llegaron para quedarse. Todo ha pasado, todo ha sido superado. Pero cuando pienso en el desierto de nuestras vidas, cuando recuerdo el desasosiego de sentirse muerto en vida, me remito irremediablemente a ellas. La voz de Ian Curtis, firme en el silencio, cabalgando decidida hacia la muerte.
No necesito releer a Kafka, su dolor vive en cualquier recoveco de mi triste cerebro. De igual manera, apenas vuelvo a escuchar los discos de Joy Division, su oscura miseria forma ya parte de mi experiencia vital.
La peli de Anton Corbijn me ha decepcionado. Es lo que tienen los biopics, chocan con la idea que tienes del personaje que tratan. La peli compite con el mito.
No creo que sea una mala peli, de hecho, si soy capaz de extrapolar algo es su sobriedad formal, como si Corbijn hubiese aprendido a hacer cine de la mano del mejor Clint Eastwood. La imagen es de un bonito blanco y negro, muy contrastado, como en aquellos videoclips o en aquellas portadas (la de Boatman's Call, de Nick Cave es de mis favoritas).
El problema en torno a Ian Curtis, hacia el que nos conduce la peli de Corbijn, es su suicidio. Amparado por la mirada de la viuda, Deborah Curtis, Corbijn se limita a explicar lo inexplicable por medio de la disyuntiva sentimental, o la mujer o la amante. Debe ser dificultoso explicar el desasosiego adolescente mediante los escuetos hechos que conforman los lugares comunes de su vida. Corbijn deshace el misterio: Ian Curtis solamente era un gilipollas inmaduro, un tipo demasiado serio para llevar el trivial estilo de vida de un cantante de rock. Un tipo acomplejado por la epilepsia, temeroso de la fama y el estrellato que se le avecinaba.
Me vienen a la memoria varios biopics: Bird, de Clint Eastwood, sobre la vida de Charlie Parker; Last Days, de Gus Vant Sant, sobre el suicidio de Kurt Cobain; y Diarios de Motocicleta, de Walter Salles, sobre los diarios de juventud del Che Guevara. Todas estas pelis sobreviven compitiendo con los poderosos mitos que las han inspirado.
Todas ellas decepcionan, excepto, tal vez, Last Days, por abstracta, porque elude los lugares comunes en torno a la figura de Cobain, porque Gus Vant Sant convierte su historia en un itinerario idiota hacia la muerte, cercano, salvo por las referencias pop, al romanticismo terminal del Sokurov de Padre e Hijo.
La de Eastwood, como la de Corbijn, es sobria y elegante, pero excesivamente sostenida por "lo que se sabe" del personaje, sin que el cine se haga grande escapando del influjo del mito.
Sabemos de antemano todo lo que nos cuentan, encorsetadas en unos escuetos apuntes biográficos que apenas explican la locura y la desesperanza de unos tipos esencialmente autodestructivos. Tal vez, unos idiotas integrales absolutamente vulgares en sus vidas, capaces de esculpir tonadillas sublimes en momentos determinados.
Queda claro, entonces, al ver Control de Anton Corbijn, que Ian Curtis solamente era un adolescente confundido. Acabo de descubrir que tuvo una hija, Natalie. A pesar de lo prosaico de Control, descubrir que Curtis tuvo una hija ha activado un cierto sentido fantasioso, de fan. Natalie debe tener ocho o nueve años menos que yo.

20090708

Los yoes exacerbados

Al gilipollas de Perec le hubiese molao. Te plantan un teclao paticojo y hala, haz lo que puedas. Te obligas a buscar palabras, que de otra manera escribes la primera que te viene a la perola. Tardas el doble en consignar una mierda que se entienda un poco.
Escribir sin acentos ha acabado con Las Corrientes Salvajes, pues ya no puedo citar en modo literal, he de dar un rodeo y buscar el adjetivo, el nombre, el verbo... que no lleve puta tilde.
Por tanto, para recuperar comentarios, he de explicar, no puedo citar:
Hablamos de ombligismo, que es el ismo de los que no saben inventar, de quienes no saben hablar de otra cosa que no sea ellos mismos.
Blogger Antonio dijo...
De acuerdo, todos los peligros ahí. Sin embargo, lo opuesto, lo silente, lo no confesional, es a menudo igual de pretencioso, y, casi siempre, menos entretenido. En la charlatanería se inserta el error, la contradicción y la fractura. Lo otro es muy elegante, uno se constituye en tótem, de sí mismo, hasta que estalla, y cuando uno sólo estalla una vez al año, o al lustro, el hedor es tan grande que casi no se puede aprender de él... (Este texto casi lo he recuperado intacto, pues el autor, Antonio, lo ha escrito con sus tildes; excepto "tótem", que he tenido que corregir. Pa poner una palabra con su tilde he de irme a Google, escribirla sin tilde y darle a buscar, copiar la que aparezca escrita correctamente y pegar donde corresponda.)
Yo dije...
En lo confesional hay a su vez tótem (pego, del tótem anterior)... el problema es que ya no somos capaces de crear distancia, de vernos con objetividad, de ver, incluso, a los otros con objetividad, porque sabemos, claro, que no hay verdad para todos y que el tema no es razonar sino hablar muy alto, tener el ego muy inflamado, gritar como nadie... y, a su vez, actuar de esa manera es la postrera manera de sobrevivir, pues lo que queda, lo que resta de esta circunstancia es el silencio asumido, la renuncia... todos los discursos personales nos parecen pretenciosos y aburridos, nos aburren los putos rollos de los otros, pero no renunciamos, queremos tener un puto rollo como cualquiera, instaurarlo, que se nos escuche hasta en la china, no hay otra cosa, sabemos que solamente es un puto rollo pero es nuestro, no vale para nadie salvo para nosotros mismos, para erigirnos en tótem de nuestra causa personal... no hay idearios, hay egos, es la circunstancia actual y no creo que vaya a cambiar en mucho tiempo; no creo que haya nadie dispuesto a renunciar a su propia mierda por una mierda compartida...
Blogger Antonio dijo...
Claro, eso. Tanto el post como el comentario me dejan la pulsión de hacer un corolario, cosa que usted tb ha hecho con la frase final del post, por otra parte. Yo diría: "y sin embargo..." en ello estamos todos, en el "sin embargo", saber lo que pasa, en mi opinión, desentrañar el meollo de cómo y por qué nos relacionamos no debe llevarnos a inhibirnos de hacerlo, sino a quizás caer en ello, con la coartada de la consciencia entre dientes. Todos queremos hablar, por encima del resto, hablar y que callen. Hagámoslo, dejemos entreactos para que nos enculen también, puede que no haya otra forma de relacionarse, puede que nunca la haya habido y no sea una consecuencia del capitalismo salvaje, sentimental, que esté desde el primer minuto de la historia. Dos trincheras, yo y los otros, saco la mano, tiro la granada, me escondo, espero la respuesta, llega, cojo una más grande... crecer.
Y dije yo...
En cambio, yo creo que el individualismo salvaje es una consecuencia del capitalismo salvaje... es un hecho: no solamente que cualquier manifiesto sea a priori irrisorio, sino que cualquier actividad (literaria) ya no es interactiva con el entorno literario, ya no se construye sobre el estudio y el progreso de todo lo anterior, o lo inmediatamente anterior, sino que es exclusivamente un monumento al ego que la ha creado, un ego que es siempre un ego aislado, autoentronado, hostil contra todo lo que le suponga una amenaza (una hostilidad irracional, fruto de la ignorancia)... desde fuera, el espectáculo resulta irrisorio, pero, de cualquier manera, como dices en tu corolario, sin embargo, en ello estamos, poniéndonos en evidencia, aireando nuestra ignorancia...





Ombliguismo e incultura.


Sigo:
No creo que lo imaginario suponga una salida a esta circunstancia, pues se lee peor lo imaginado, pues el individuo solamente es capaz de conectar consigo mismo, y, a lo sumo, con otro individuo: lo imaginario nos aburre, no nos produce identificación, no nos pone en un espejo (vivimos en una era narcisista, lo dijo alguien)... pero no siempre ha sido de ese modo: los mitos antiguos eran imaginarios, pero hablaban al colectivo, y al individuo por medio del colectivo... eran portadores, en cierto modo, de una cierta objetividad... y todos los grandes artistas (pintores, escritores) iban a parar a ellos o los tomaban como punto de partida; eran, digamos, elementos codificados para hablar al colectivo, para hacerse entender... ahora solamente hay anecdotarios, idioteces sin significado, muy olvidables...
Yo a veces me planteo lo que puede entenderse de lo que nos rodea observado a mucha distancia, por ejemplo, temporal: tras miles de lustros... el caos que hay ahora, a mi modo de ver es tan morrocotudo, que no creo que un historiador del futuro sea capaz de aclararse: nada nos define salvo el caos individualista: las escenas se han atomizado irremisiblemente y ninguna voz es capaz de alzarse por encima de cualquier otra: no hay autoridad, cualquier autoridad se desautoriza inmediatamente, se desactiva, cae en lo absolutamente irrisorio...
Lo que nos sucede a los profes en las aulas es una consecuencia de esto que he dicho: nuestra supuesta autoridad (intelectual y de cargo) es puesta en entredicho continuamente, cada jornada... nos salva la autoparodia, la risa es el esqueleto de nuestra histeria.
Anónimo Héctor dijo...
Yo creo que el problema de la autoficción, y la abordo desde la literatura, que es de lo que más sé (de lo otro no tengo ni puta idea), es el yo. El yo es asfixiante, no hay quien pueda con él. Los creadores más altos, voy a decir a Cervantes, ya que soy cervantino, pero ahora mismo se me ocurre también Pessoa, parten de sí mismos, pero con qué limpieza, qué elegancia, qué sabiduría, dejan entrar a la vida en su obra.
El problema es que ahora lo que más se encuentra son yoes exacerbados.

20090705

Ombligos sin fondo

Estoy leyendo Ombligo sin Fondo, un tebeo de Dash Shaw. Se supone autoficcional y debe tener mil hojas, aunque no han sido numeradas, tal vez para no asustar al lector. Desconozco si se trata de una serie publicada por partes anteriormente. El tebeo cuenta el proceso de divorcio de unos padres. Es muy realista, tiene un eje minimalista, muy americano, con el detalle imaginativo aislado de que el protagonista (que se supone alter ego del autor) tiene forma de rana antropomorfizada. No acabo de entender este simbolismo, pero me mola. Tal vez el autor se ve de esa manera, es capaz de dibujar a los otros con una cierta objetividad, sin embargo, no es capaz de hacerlo con su propia imagen, se ve rana. O sapo.
Se supone innovador, pero con cierta sutileza.
El tempo es lento, los espacios amplios, como si se hubiesen propuesto no escatimar papel. Eso me mola, a su vez.
Pertenece a ese rollo tan de moda entre dibujantes de tebeos y escritores en que los autores exploran su vida, sus heridas. Hay en ello un poso de narrativa total, de tragedias de una gran verosimilitud que intercalan momentos de comedia realista. En este caso, como me suele gustar, se utiliza poco el surrealismo, excepto el sutil sarcasmo que supone que el autor se dibuje rana (que pone de manifiesto la dificultad que existe en el lenguaje del tebeo a la hora de articular historias propias: si uno se dibuja a uno mismo hay en ello una cualidad irreal ineludible, fantasmal, como si uno fuese capaz de verse desde fuera).
Hace tiempo que he recibido un tebeo de F. Esteve, Gagarin. Me lo manda por correo sin pedirme nada a cambio, solamente que le diga lo que opino.
Hace semanas, no le he contestado. El tebeo me gusta, es autoficcional y minimalista, aunque con menos poso que el que ahora leo, Ombligo sin Fondo. Gagarin tiene ese tono ligero adolescente. Cuenta las andanzas de un personajillo que se supone alter ego del autor, con amigos, con profesores, con amigas... Las vidas de cada uno de nosotros metidas dentro de arquetipos. El dibujo de Esteve me recuerda, a partes iguales, a Mauro Entrialgo y a Seth. Los rostros son de influencia entrialguiana, sin duda, y el trazo estilizado y la simplicidad de Seth, aunque no puedo decir si Esteve lo ha hecho con consciencia y tiene las mismas referencias que yo digo (no lo he contrastado por mail, como hubiera debido, tal vez esto que escribo le sirva de respuesta). Tuve la posibilidad de conseguir Gagarin (ya nadie hace nada gratis, solamente eso ya es de agradecer) mediante el flog de H. Blanco, un tipo al que le gusta Cervantes y no Pavese. Le dije al cervantino floguero que el tebeo de su amigo tiene entidad, tal vez no tanta como los que yo he considerado sus referentes, pero sin duda tanta como la de cientos de tebeos publicados que andan funcionando en el mercado de los tebeos. El problema, tal vez, es que este rollo autoficcional, ligero, adolescente, cotidiano, ha proliferado demasiado y es preciso distinguirse si uno quiere abrirse paso en el mercado. (No encuentro nada que decirle a Esteve sino eso que he escrito: su tebeo es encomiable pero sin un elemento diferenciador evidente.)
Ombligo sin Fondo es un mastodonte. Tiene soluciones que me sorprenden y me interesan (es deslabazado como me suele gustar, serio, triste, sin concesiones a la hora de contar bajezas), pero aporta una "novedad" que detesto: el autor dibuja una escena y, como si el dibujo no explicase suficiente, describe con un texto lo dibujado. Es decir, si dibuja una mujer que llora, escribe, a su vez: llora, llora, llora. Este recurso sobreexplicativo me parece odioso. No entiendo este rollo redundante. Si lo dibujas no es preciso escribirlo y a la inversa, en eso consiste el lenguaje del tebeo, a mi modo de ver. Pues el tipo, Dash Shaw, como si fuera un hallazgo radical e importante, lo repite por doquier.
Parece un pozo sin fondo hablar de uno mismo. La mancha autoficcional se extiende como una enfermedad. Y se desactiva: todo lo que dice cualquiera es tan relevante como todo lo que ha sido dicho por cualquiera. Vivimos en una sociedad de individuos con "ombligos sin fondo", egos ilustrados esperando epatar con historias propias, arquetipos de lo banal, narraciones ligeras con aires de verosimilitud, ocurrencias, anecdotarios personales con aspiraciones universales... Vivimos una era sin nada. Yo tengo mi vida y mi vida empieza y acaba en ella misma. Utilizo el arquetipo para sobrellevarla, para creer que tiene una entidad, una direccionalidad, una pertenecia (pertenecer al arquetipo es un mal sustitutivo de la pertenencia a un grupo o un ideario). Es una enfermedad bastante extendida, un tunel sin salida. Yo leo tu historia, me descojono con tus ocurrencias, me identifico o no con tus reflexiones, asiento o disiento, en definitiva, me divierto un rato y, luego, apago el ordenador o cierro el libro dando vueltas sobre la banalidad que encierra mi propia vida. Tal vez la cuente, alguna vez.

Un moco

No era un pedo, era un moco. Yo estaba conduciendo, volviendo a casa de cualquier sitio, tal vez del trabajo. Pasaba por uno de los puentes de Calatrava y, de pronto, todos nos paramos. (Recuerdo que Sara me ha contado alguna vez que en ese puente han habido accidentes, que ha de ser reformado aunque hace poco que ha sido terminado de construir.) Parado, con la ventanilla bajada, me hurgo la napia y extraigo un moco, no muy grande. Lo observo un rato y hago una pelotilla, una esfera diminuta y verde. Juego un rato con ella. Creo que escuchaba algo del lector del coche, tal vez algo de Francisco Nixon. O puede que fuera Lluvia Cascabel, de Julio Bustamante. Tuve tiempo para pensar, de hecho, pensaba. No era un pedo, era el moco lo que me hizo pensar: yo lo lanzaba por la ventanilla impulsando la esfera con el pulgar haciendo de catapulta. El moco va a parar a los bajos del coche de la fila de al lado, que estaba parado junto a mi coche. Recuerdo que el moco, endurecido, reseco, tras haberlo manoseado mucho, salta entre las ruedas y yo me sorprendo. Me parece indiscreto que el moco salte tanto. Es diminuto, y sin embargo, con aquella luz de las siete o las ocho de la tarde (mejor las siete que las ocho), se ve mucho. En ese momento, en medio de un pensamiento que creo importante y que irremediablemente he olvidado, recuerdo que me pregunto si el conductor del coche que espera en la fila junto a mi propio coche se ha dado cuenta de que he tirado un moco por la ventanilla. Desecho pronto este pensamiento y vuelvo a mi asunto importante (ya olvidado). Tiene que ver, creo, con la fungibilidad del moco. Con el hecho de ir dejando fluidos (aunque resecos) por el pavimento. Seguramente me puse a pensar en la muerte, siempre lo hago. El puto moco me hizo pensar en la muerte. Ese absurdo puente en aquella cola de coches absurda. Entonces, tal vez, se pone activa la cola de coches y todos marchamos. A nuestros destinos.

20090701

Verano

Si le extiendo la mano, me da golpecitos con la suya. Es decir, palmaditas. Suele utilizar la derecha. Pero si le pongo mi mano a su izquierda, si le fuerzo, me da golpecitos, es decir, palmaditas, con su mano izquierda. Nunca se me ha ocurrido antes que me pueda satisfacer el hecho de que alguien palmee mi mano. En este caso, no obstante, me satisface.
Iba conduciendo y he querido retener un momento. He querido retenerlo para escribir sobre ello. En ese momento, quiero decir, yo metido en el momento, en plena experiencia, he pensado que era importante lo que pensaba mientras estaba sucediendo. Lo he olvidado completamente. Me entristece olvidar las cosas, es como perderlas. De esa manera transcurre todo. Los niveles de consciencia son insignificantes. Pasa la vida como si nada. No atrapamos ni siquiera el diez por cien.
Creo que estaba conduciendo. Creo que me he tirado un pedo. No puedo recordar. Un pedo. Una calle. A ver, hemos ido a una visita con una pediatra. La hemos interrogado. Nos acucia: que sea normal. Que alguien nos lo asevere. Esta pediatra, como siempre, quita hierro al asunto. Al salir, Sara estaba convencida: nadie puede asegurarnos nada.
En casa he estado jugando con Diego en nuestra gran cama de matrimonio. Estaba desnudito y retozaba como el rorro que es. Me he avergonzado de observarle tanto. Ha habido un momento en que Diego me miraba. Miraba la manera en que yo le miraba, como si me interrogara con la mirada. Entonces me he avergonzado.
Un pedo en la calle. Tal vez caminara y me he tirado un pedo. Lo suelo hacer. Resulta liberador. El pedo me ha inducido a reflexionar. Tal vez algo poético: llega el verano, el calor, me sudan los huevos...
En dos jornadas me relajo. Me pongo en modo-verano. (Puedo ser yo mismo, sin imposturas.)
El ego profesional es un impostor. Me suplanta diez meses. Luego, durante dos meses, me deja ser yo.
Como demasiadas olivas.

20090627

Necesito conseguir la jubilación anticipada

Me llama mi compi del curso que viene. Quedo en el nuevo centro. Es un poco mayor que el que dejo. Tiene un porche en la entrada con varias columnas que no me mola nada. Dentro es como un laberinto. El conserje me trata como una mierda hasta que le digo que soy un profe de dibujo para el curso siguiente. Me hace pagarle cinco "centimillos" por una fotocopia. Subo a la sala de profes. Es como todas: gris. Dos ordenadores, una mesa amplia, rectangular, gente que se aburre.
Pregunto por el de dibujo. Me indican que se trata del que teclea en el ordenador. Luce una generosa calva rasurada. Aspecto juvenil, pantalones cortos, camiseta rosa, lisa, y un collar de mercadillo. Tope moderno.
Me presento. Me trata de puta madre. Me muestra el centro, las dos aulas de dibujo. Los nenes y las nenas le saludan. Tiene aspecto un poco de chiste, simpatiquete, algo amanerado. Es bajito. Juntos hacemos un buen tándem para protagonizar la tercera parte de Mortadelo y Filemón.
Se ha llevado mal con anteriores compis. Pretende implantar "una línea" de trabajo. No le han dejado hasta ahora. Conmigo dice que va a poder ser. Lo nuestro va para largo. Vamos a estar muy bien, dice. Me empiezo a agobiar, antes de que empiece el nuevo curso.
Nosotros ya nos jubilamos en este centro, dice. (Me debo estar poniendo blanco, pienso.)
(Nos falta cogernos de la mano.)
El ambiente es muy bueno, prosigue. Al final del curso, todos nos vamos de paella.
Me pregunta si me quedo a almorzar. No, gracias, tengo un par de cosas que hacer, he de irme.
Subo al coche y cuento, mentalmente, los cursos que me quedan para jubilarme. Siento angustia.

20090622

Introducción a una teoría de los muñecotes

Nadie sabe lo que representa un Teletubi. Espinete se parece a mi tía Reme. Diego es fan de las vaquitas de Baby Einstein McDonald. Ha superado la fase Baby Beethoven. Digamos, la fase abstracta. Ahora come viendo figuras reconocibles. Intuimos que Diego las reconoce, parece alegrarse cuando sale la vaquita, un muñeco de trapo que circula de derecha a izquierda y de izquierda a derecha de la pantalla.
Atropomorfismo:
Pocoyo es amigo de un elefante y un pajarico. Son sus dos amigos casi en exclusiva. Me suele gustar cuando, en la serie, se presenta al elefante: ELI, gritan. ELI, y, luego: PAJAROTO. Se produce un delirio feliz, digamos. Diego da pataditas y mira hacia todos los lados. Sara y yo solemos repetir con insistencia lo mismo que Diego ha escuchado en la pantalla: ELI, PAJAROTO. Entiendo que a una edad tan temprana no se identifica con lo que ve. En ese caso, Pocoyo no funciona como tal. Pocoyo es igual que Eli y Pajaroto. (Los animales, en la serie, sin embargo, nunca hablan.)
Baby Einstein alterna grabaciones "realistas" con monigotes antropomorfizados. Es habitual una marioneta que representa una vaca, que realiza acciones sencillas. En una tienda he encontrado un lagarto de la misma marca, parecido a la vaca. Pero es un lagarto, un lagarto Baby Einstein. A Diego le mola, aunque yo creo que le hubiese molao más la vaca.
Tres o cuatro veces he intentado jugar metiendo la mano en el interior de la marioneta, moviendo la boca del cocodrilo, haciendo el tonto. Ha sido gracioso pero no ha tenido continuidad. Los juegos infantiles no tienen continuidad, empiezan y acaban en sí mismos.
Simplicidad:
Los dibujos de Pocoyo son simples. Formas simples, colores primarios. Fondos blancos. Se economiza haciéndolo, sin embargo, efectivo. Pocoyo es, para nosotros, un poco Diego.
Los Teletubis nadie sabe quiénes son. Son monigotes simples, tal vez extraterrestres. Pertenecen a otra época, obsesionada por lo que sucede "ahí afuera". Los Teletubis son coetáneos de Expediente X, de la Carrera Espacial, de Sonic Youth, Spiritualized, Pixies y Los Planetas. (La inocencia de los rorros paga la moda del imaginario de los adultos.)
Estimulacionismo:
Me parece odioso que se asocien los productos infantiles a los nombres de los grandes "genios". Hay padres que creen que sus hijos van a superdotarse de tanto escuchar tonadillas musicales concretas si a la vez en la pantalla aparece un chorro de agua de colores o el paso de un trenecillo de juguete. (Diego responde igual a los dinamismos de la publicidad televisiva o a programas tan llenos de colores y formas cambiantes como, por ejemplo, Fama, A Bailar.)
A mi modo de ver estamos creando adictos a la cultura audiovisual; entiendo que de eso se trata.
Didactismo:
Pocoyo obedece a una voz adulta. El adulto, siempre en off, juega con Pocoyo, es amable a la par que autoritario. No soy capaz de descifrar todos los mensajes que recibe Pocoyo. Si acordamos que Diego no es capaz, a su edad, de identificarse con Pocoyo, da igual.
Los dibujos Disney educan de acuerdo a los valores de la sociedad de consumo. La Casa de Mickey es la casa de un rico, ampulosa, barroca, llena de lujos. Los amigos de Mickey se sumen, igualmente, en los valores de la cultura americana, son todos unos cabrones que pertenecen a un club selecto, como la pandi de Beverly Hills. Ricos, felices y famosos. Prefiero a Pocoyo y sus dos escuetos amigos antropomorfizados.
Sensacionismo:
Siendo realistas, los rorros no entienden nada. No vale la pena contarles historias. Entienden el tono amable de una voz adulta, los fluidos de colorines y las musiquillas saltarinas, las voces gritonas infantiles... Las historias nos justifican a nosotros y permiten que el rorro siga viendo los mismos dibujos conforme crezca.
Producir sensaciones abstractas, a mi modo de ver, tiene mucho de moda, recoge mucho del nuevo esteticismo adulto.

20090621

El hombre abducido por una mujer

El hombre abducido por una mujer se casa, al fin. Tiene cuarenta y un largo historial de soledad como soltero convencido. Es feliz, la idolatra, todo en ella le deslumbra. Por las noches, se mea encima para no molestarla. Ella es ella y solamente ella. El hombre abducido por una mujer es un instrumento, un llavero, una cosa que viste bien. La mejor alternativa para una divorciada harta de asistir a las clases de bailes de salón con su prima y dejarse sobar por gordos apestosos. Ella es maravillosa, ella se lo dice siempre y el hombre abducido por una mujer se lo cree siempre, cada jornada se levanta pensando en ello. El hombre abducido por una mujer ha cambiado. Antes era un tipo gris, con sobrepeso y poca autoestima. Ahora es un tipo atractivo con ropas de cuero y pantalones ajustados, muy varonil. Ella le dice guapo y el hombre abducido por una mujer se siente guapo. Le ha subido el ego desde que salen juntos. Ahora se casan, uau, ni en sus mejores pesadillas. El hombre abducido por una mujer es un reflejo de lo que ella quiere que sea. No entiende que haya nada mejor. Repite frases hechas, se las cree porque ella las dice. Ella sabe hacer del mundo un lugar mejor, vivir con ella es como estar siempre de vacaciones. Como vivir dentro de un anuncio de unos grandes almacenes. La ropa que ella elige es superchula. La ceremonia es cosa fina, en un sitio muy selecto, con allegados que se dan cuenta de lo felices que son. Porque LO SUYO ES AMOR. Al hombre abducido por una mujer le dan de vez en cuando teleles. No sabe la causa. En un cine, viendo la maravillosa peli que ella ha elegido para los dos, el hombre abducido por una mujer va y se desmaya. De repente, lo ve todo blanco y zas, cae al suelo. Otra vez fue en el cuarto de aseo, tras haber follado como nunca, al tercer polvo se levanta de la cama y va a verse la polla, enrojecida. Estaba mirando el hilillo de sangre que le había dejado el período de ella alrededor de los huevos, como un collar, cuando se fue al suelo, pom. No le encuentran nada, ha ido a varios médicos que no han sabido decirle nada. El hombre abducido por una mujer se casa. Su madre se pone contenta, aunque mira con recelo a la tipa ésa. Ella, la novia, lo ha preparao todo perfectamente, con mucha clase. Se viste de morao, pues no es la primera vez, por pura delicadeza. El vestido es de su abuela, lo dice a la primera de cambio, discreta y sentimental. El hombre abducido por una mujer la mira y se sonríe. No se va a poner nervioso, no vaya a darle un telele. No estoy nervioso, dice a todo aquel que le pregunta. Estoy muy feliz, repite, y la mira. La mira y no se lo cree. Todo es perfecto.