Rumores y sombras

20080520

Desinterés general

Mi interés particular entra a la ciudad de Valencia cada día por una chorrada que llaman La Ciudad de las Ciencias, tuerce a la izquierda por el río y llega a una glorieta decorada por un hippy trasnochado que se ha debido dejar follar por alguien importante para que le paguen por eso que hace (Ripollés), atraviesa el centro financiero de la ciudad y la calle Islas Canarias, la Avenida del Puerto y, voilà, no hay aparcamiento. Mi interés particular suele tardar una media de treinta o cuarenta minutos en aparcar, después de la hora y cuarto de llegar; y que no interfiera con el interés general del fútbol, que se multiplica por dos el tiempo de conducción (eso sí, parado en la autovía a causa de los atascos) y se anula por completo la posibilidad de aparcar en un radio de kilómetros lejos del lugar de residencia (vivo relativamente cerca del estadio de fútbol)...
Me cago mucho en el interés general. El otro día tuve una discusión con mi padre sobre ese tema. ¿La Ciudad de las Ciencias es cosa buena o mala para los valencianos? ¿Que se construya un PAI en un plueblecito agricultor es bueno o malo para los habitantes del pueblecito y su agricultura? ¿Que el ayuntamiento de Valencia pase por encima de uno de sus barrios tradicionales de más solera para construir una "avenida al mar" forma o no forma parte del interés general de la ciudad? (Porque ése es el argumento principal de los actuales gestores del ayuntamiento: han sido votados mayoritariamente y tiene el derecho a elegir qué es y qué no es el interés general de la ciudad...)
Hablé de ello con mi padre, vi hace poco un documental de la 2 sobre el mismo tema, cuando Alejandro me dio unas copias del nuevo número de Miralls, resulta que el tema de la revista era el mismo (una leyenda protagoniza la portada: SALVEM EL CABANYAL; yo no sabía nada, mi cometido es la crítica de exposiciones), y, justamente hoy, cuando he dejado en la mesa de la sala de profesores un puñado de esas revistas, El País publica un artículo sobre ello, escrito por un tal Joan Garí, en el que se le da cañita a la Rita y a la megalomanía de Santiago Calatrava, titulado Lecciones de El Cabanyal. ¿Quién descabalgará a Rita antes de que convierta Valencia en otra postal kitsch?




Intentos de permanecer quieto.


Me pregunto qué sería si entrara cada día en mis clases y no hiciera absolutamente nada. (No hago mucho, la verdad, pero me refiero a no hacer nada, pasividad absoluta; en ocasiones, de adolescente, trataba de imaginarme en esta especie de huelga existencial... anular cualquier actividad hasta llegar al grado cero, dejar de respirar, tal vez.)
Porque el movimiento, cualquier movimiento, obedece a la voluntad de entender el mundo, de tener una visión general del mundo. No siempre somos conscientes de ello, así que llega un momento en que cualquier actividad entra en crisis al encontrarse con esta idea. Para ser claros: no tengo ninguna idea del mundo, rechazo cualquier generalidad. Al mismo tiempo, me resulta odioso lo que huele a subjetivo, lo que se mira el ombligo. Por lo tanto, me dejo bastante poco espacio para maniobrar; pero no puede ser de otra manera, es así y ya está.
Por eso no acabo de entender lo del interés general. No me parece un argumento convincente ni para el peor demagogo. Entiendo que haya gente que se proponga dirigirnos a todos, y que todos nos dejemos dirigir porque las cosas son así y casi resulta inevitable y nos planteemos nuestras estrategias de evasión (gran tema, la evasión)... lo entiendo como algo engorroso que no puede evitarse, como el sudor corporal o el frío en invierno. Hay que adaptarse, hay que permanecer en el mundo a pesar de él, de su forma, de su olor, de su estructura. Incluso, diría, hay una belleza en esto, en la maldad, en la ambición, en el maniqueísmo, en la tortura, en la guerra, en la manipulación... no voy a descubrirlo yo, hay belleza en todo esto. (Creo que prefiero que gobiernen los liberales, son más bellos en su papel de malos, más arquetípicos, mucho más fácilmente identificables, nunca los votaré pero sé valorar el tufo de su perversa belleza; los socialistas se hacen odiosos con el tiempo, al principio se supone que me tienen que caer bien, luego se corrompen igual que las relaciones duraderas.)
Pienso en el Naturalismo. Podría definirse como un molde del mundo; no un molde del mundo para hacer el mundo, sino un molde hecho a partir del mundo, tal cual sea. La crítica más evidente que se le puede hacer al Naturalismo es que no juzge, sólo quiere mostrar. Esa "pasividad" es muy mía, la tengo asumida. Sin embargo, no puedo evitar torcer la mirada cada vez que paso por delante de La Ciudad de las Ciencias.
Lo mejor que tiene la fotografía es que nos permite cerrar el encuadre hasta que casi nada se vea. Como cerrar los ojos. Como ser un fotógrafo ciego, sordo e idiota.

20080516

Música clásica

En el JVC, desde hace rato, suenan cuartetos de cuerda de Beethoven. Me ha dado por ahí. Dan un tono "dramático" a mis clases. (Se cansaron de escuchar a Schuman.)
Apenas puedo escuchar los cuartetos a causa del ruido ambiente. Las voces entremezcladas de sus trece años tan llenos de contrastes, disonancias, grititos agudos, chillidos espontáneos, risitas incontenidas...
El Cuarteto de Leipzig se afana, pero no le cunde. Entre el griterío se hace sitio, a veces, un violín.





Peña sin nombre.


Apunto en mi cuaderno. Me resguardo en mi sitio. Tomo notas sueltas.
Sarita. Estoica. Sufre en silencio la vitalidad extrema de otros. Poca habilidad, acaba todos los trabajos como buenamente puede. No consigo quitarle de la cabeza la idea de que "no sabe dibujar".
Victoria. Una abuela en miniatura. Regordeta y vivaracha. Busca insistentemente mis límites. No me parece mal, denota inteligencia. Si pudiera, sin embargo, me aplastaría como a un insecto, por jugar.
Noelia. Lánguida, triste. Creo que tiene graves problemas personales. En mi asignatura es la mejor del grupo. Le sale de vez en cuando un lado extraño, pero lo normal en ella es la tristeza, infinita, su medio natural. No sé cómo la ven sus compañeros. La tristeza la hace más madura; sin embargo, creo que el efecto que causa es el deseo de protegerla, de hecho creo que habitualmente tiene "protectores" que median entre ella y el bullicio.
Silvia. Chica-emo. Es muy fuerte, tal vez porque es hija de inmigrantes y lo haya pasado mal, se haya sentido siempre desarraigada y esté acostumbrada a salvarse por sí misma. Es profundamente "estética"; apuntala constantemente su posición en el mundo, en el grupo, entre los demás y conmigo, con opiniones estéticas, lo que le gusta y lo que no le gusta, lo "fuerte", lo que se aparta de lo convencional.
Javier. Un chico inteligente que no sabe cómo gestionar su inteligencia. Necesita demostrar que no es el empollón, o que es un empollón "enrollao", provocándome a mí. La cosa siempre le sale mal, porque le importa demasiado la nota y le falta el atrevimiento y la agudeza de, por ejemplo, Victoria.
Carlitos. La leche. Supergracioso. Me lo llevaría a casa y me haría un llavero. Parece un muñeco, un pokemon o algo así, rubito y pequeño. Puse su foto una vez en el flog y parece que me lo ha querido hacer pagar. Me saca de quicio. La última: le arrancó un pelo de la cabeza a Noelia y ahorcó a una mosca con el pelo. Creo que no estoy preparado para estas cosas. No pude salvar a la mosca, claro.
Álvaro. Una mala copia de Bart Simpson. El único trabajo que he conseguido que hiciera en todo el año es un dibujo de Bart Simpson con un tirachinas. El resto, tratar de comportarse como él cree que se comportaría el maldito Bart Simpson. Su problema es que tiene muy poca gracia y es muy feo, así que cae mal, incluso a sus compañeros. Nadie le secunda, nadie se ríe con él. Por eso se automargina. Suele provocar que le expulse del aula. Al principio pensaba que era por esa necesidad de ser "el malo"; pero últimamente me he dado cuenta de que no soporta estar con gente, no soporta estar en un aula con sus propios compañeros. Hay un fondo profundamente antisocial que le hace sufrir. Suele somatizarlo como las marujas; siempre le duele algo. No consigo llegar a él.
Genma. Físicamente es más grande que la media. Quizá por ello sus amigos son de niveles superiores, aunque está en el que le corresponde por edad. Tuve varios encontronazos con ella al principio. Creo que le he cogido el truco, a estas alturas. Genma provoca casi por enfermedad. O por defecto. Hay que saber darle la vuelta, dejarla un instante y hacerla aterrizar. No siempre me sale. Me exige piruetas bastante sutiles.
Javi. El nene más guapo. Parece un dibujo manga. Se sabe admirado por todos y lo aprovecha. Es un "mafias" de cuidado; manipula a sus compañeros hasta el punto de tener "sirvientes", comparsitas. Con los profesores es extremadamente correcto. Siempre es la "mano en la sombra".
Cristian, Juanjo y Andrés. Se sientan en la misma fila. Parecen tres fontaneros o tres obreros o algo así. A veces me hacen mucha gracia. Juanjo se apoya con los codos en la mesa de atrás, como un abuelo en la barra de un bar. "Razonan", discuten entre ellos tres, hablan de "fúbol"... forman un núcleo aparte. Nunca se relacionan con las chicas.
María. Me recuerda a la hija de un amigo. Muy aguda y muy "mala". Quiere gustarme, ésa es mi baza. Si no, me lo haría pasar muy mal. Porque puede.






20080514

Vivir sin confusión

No soporto que se pase el puto día y no haya habido nada más que gestiones de cosas, papeles e ir de aquí para allá.
Ayer, una alumna me insultó. Me dijo hideputa o algo así. No es por el insulto en sí, o tal vez sí sea por el insulto en sí. No sé, tal vez me esté volviendo quisquilloso.
No soporto que mis días no tengan ningún significado.
Cada día ha de tener su color y su forma y su textura, ha de personalizarse, ha de ser customizado.
Si no, el trabajo no se ve.
Quiero decir que sólo veo el trabajo cuando tiene un contenido MORAL.
No lo sé.







Últimamente mis días no tienen contenido, no hay una máxima ética que los subraye.
Eso es una pedantería, no sucede nunca, a nadie.
Entonces, qué es esa sensación. Me refiero a esa sensación en que los miembros se apelmazan, los movimientos se enfangan, como en un pozo de mierda.
Es cuestión de madurar.
No tiene por qué ser divertido.
No necesito eso.
Quiero decir que me gusta encontrar el hilo y tirar de él. Y se descuelga; está descolgado.
Ha muerto Rauschenberg.

20080511

Todo como siempre

Hay una imagen que me obsesiona (sólo un poco) desde que leí la descripción en el periódico. El escritor Kjell Askildsen escribiendo, a mano, a la mesa, junto a una jarra de cerveza o un vaso de vino, que apenas bebe a pequeños sorbos, y que utiliza más como compañía que para beberse o escribir bebido. Me imagino el escenario como en una película de Dreyer o, en su defecto, un cuadro de Hammershoi, escueto, frío, devastado. Dice el escritor que ya no acaba lo que empieza, que siempre encuentra un punto desde donde ya no puede continuar. También me genera cierta obsesión esa idea: después de once años que dice que lleva con esa dinámica, ¿cuántos principios habrá sin terminar?... Me importan poco (aunque los leería todos, me empaparía de ellos, los acabaría yo mismo), lo que me obsesiona (pero no mucho) es la imagen del escritor que insiste y de su compañero vaso de vino o su compañera jarra de cerveza.




Kjell Askildsen.

20080508

El corazón de lobo

En el blanco y negro, un lobo. Una bestia de truculencia ensimismada. Aguda protesta: se ven quemados por el sol (somos "de pata negra", dice María, "negra" de "quemada", añado). Resulta difícil vivir con la puerta abierta, a pesar de las utopías. Se nos ha juzgado de siempre. Permanecemos al borde de la comodidad. Un poco de agitación (toda la que podamos dar) nos va a servir de no mucho. Puede que desde los treinta y cinco años recién cumplidos nos estemos acostumbrando a llevar reloj de pulsera. Alguien hizo el resto por nosotros. Decirlo así, resulta exagerado. Nos gusta viajar a los Estados Unidos.





Se cierran, como ojos de madre. Dejo mi abrigo colgado. Cubro el rastro por donde he pisado, por si me enfado. Tiene forma de madre, aunque debería decir de amor de madre. Estamos callados. Madre vuelve a abrirlos. Sólo pretendo frecuentar los cafés, le digo. Le parece aterrador. Tendré que ir a un colegio desconocido. Busco casa.


El diecinueve es un fantasma. La época de una servidumbre que resulta aparatosa. Enseguida recordamos la historia del siguiente hito en la Historia. El siguiente sigue su curso. (¿Qué ley no se sostiene, en esto de que hablamos?) Los primeros dorados son años célebres por sus palabras normales. El rey del balón es ahora jovencísimo. Tiene una amante precursora de algo. Dicen que lee. También libros.

20080507

Espiritualizado

Es posible que Denys Arcand no sea el visionario que pretende. Puede que sus películas, dentro de veinte años, se vean como comedias sin gracia, demasiado ancladas en los presupuestos de una época, sin trascenderlos. Eso sucede, tal vez, con El Declive del Imperio Americano. Vista hoy, tal vez pierda su mordiente. Es como la histeria de un neurótico, que se entiende en su contexto, pero fuera de él resulta un poco ridícula.
Las Invasiones Bárbaras me gustó un poco menos. Tal vez porque cuesta apuntalar el supuesto esquema "teórico" que la sustenta. Entre una y otra película han pasado casi veinte años. Para hacer la tercera reflexión sobre Occidente que supone La Edad de la Ignorancia ha necesitado sólo un lustro. Las Invasiones Bárbaras aterrizaron con los atentados islámicos. Los "bárbaros" nos han sumido en un período de ignorancia, a causa del miedo y la obsesión por la seguridad. Lo bueno de Arcand es que una tesis tan macarrónica la decora con ingenio e inteligencia. Es un neurótico ilustrado. A mí me ha divertido; me he reído como me río con una buena película de Woody Allen. Sin embargo, Allen habla de sí mismo, y por extensión de todo lo demás; en ese sentido es mucho más coherente. Arcand parte de una generalización, que le permite insertar ficciones "corales" y personajes que padecen lo que la generalización vaticina.
Denys Arcand es un Rohmer grandilocuente. Detrás de un cine teatral tan dialéctico está Rohmer, sin duda. Pero bajo las dimensiones norteamericanas, grande, magnificente, global. Sólo un norteamericano se atreve a juzgar el mundo de esa manera.
A Woody Allen se le puede perdonar casi todo, lo reaccionario, lo misógino, lo que sea. Su coartada es él mismo, no comete el error de hablar por nadie más. No responde al modelo de creador-diosecillo, moviendo los hilos del mundo.
La tesis de La Edad de la Ignorancia me cae hasta mal. Básicamente es una queja contra el estrés. Básicamente ofrece una conclusión-solución: el retorno a la vida sencilla, apartarse del ruido. Lo que ha ocurrido es que eso que sabemos todos nos gusta verlo parodiado.







El lector de cedés de mi coche se ha vuelto loco. De vez en cuando se traga un disco y no lo suelta ni a hostias. No le he pillado la lógica, a veces va bien. Deja que me olvide, que me harte de escuchar la radio todas las putas mañanas, le meto un disquito y se lo queda unos días. Luego, cuando le parece, le doy al éject por enésima vez, y lo suelta, como si na, el cabrón. (Llego a pensar que responde a un plan para hacerme estallar en este fin de curso. El puto lector de cedés anda conchuminado con los de primero de la ESO. El lector de cedés me saca de quicio antes de llegar al instituto, prueba mis nervios. Los de primero de la ESO me rematan.)
Esta mañana, antes de que el lector de cedés de mi coche se jodiera y equivocase la orden de "play" y se escuchase la radio o el rebobinador indiscriminadamente, andaba escuchando Amazing Grace, del grupo Spiritualized. El disco tiene unos cuantos años, pero yo lo tengo desde hace poco, una o dos semanas. La cuestión es que me lo compré por sólo tres euros con noventa céntimos. Y me lo compré casi por esa misma razón. El grupo no me gusta mucho, nunca me gustó, nunca he querido viajar al espacio ni hacer meditación ni nada por el estilo. Así que sabía que el puto disco me iba a joder el día (sólo soy supersticioso en esto: los discos en el lector de cedés del coche en relación al tiempo de llegar al trabajo... es decir, nunca pongo discos con trece canciones, siempre evito que al llegar al instituto la canción que suene en el lector de cedés sea la trece, si el disco tiene más de trece, o la nueve, es decir, las reglas de este juego son las siguientes: no puedo hacer nada para que la canción no sea la nueve o la trece, como dar una vuelta a la manzana para hacer tiempo o rebobinar el disco, sino que he de procurar poner un disco cuyo tiempo de escucha coincida con el tiempo de llegada al instituto, de manera que en el momento en que llego, sin dar vueltas extra para hacer tiempo ni rebobinar las canciones, en ese preciso momento, la canción que se escuche, a un volumen distinto del nueve o trece, por supuesto, casi siempre el nivel catorce o quince del volumen de mi lector de cedés, decía que la canción que suene en ese preciso momento en el que paro el motor no sea la número nueve ni la número trece). Amazing Grace, de Spiritualized, tiene sólo once canciones. Y además, al llegar al instituto el cedé ha dado una vuelta completa y me ha dado tiempo de escuchar de nuevo las cinco primeras canciones, de manera que todo parecía indicar que iba a ser un buen día. Sin embargo, el Jason Pierce ése me lo tenía que joder, lo sabía. He salido del coche intuyendo que algo iba a ir mal, resulta difícil de explicar. He entrado en cada clase con miedo, indeciso, receloso, malhumorado... pero a medida que trascurría la mañana nada de lo que me esperaba sucedía, ninguna discusión con ningún alumno, ningún desorden importante, ni siquiera he tenido que hacer la guardia que me toca hacer casi cada miércoles... Ya en la sala de profesores me he puesto a escribir esto, en una de las dos horas libres que tengo, entre el primero y el segundo patio. Una compañera, al verme sentado frente al ordenador, me ha pedido que consultase el concurso de traslados, que ayer salió el de maestros y era posible que hoy saliese el de secundaria. Cierro la página de blogger, entro en la de la Consellería Valenciana, meto su DNI y, voilà, le han dado el sitio que ella quería, al ladito de su casa. Luego pongo mi DNI y, vaya, nada. Luego se monta un revuelo, porque mi compañera se pone a dar saltos y a gritar, qué pasa qué pasa, y vienen todos los putos profes que han pedido traslado a consultar sus putos concursos y, voilà voilà voilà... a todos les han concedido sus malditos putos hijoputas traslados, menos a mí y a una tía que vive a tres pueblos y había pedido su puto pueblo para no tener que conducir los putos cinco minutos que conduce cada día... y todo un festival que se ha montado a mi alrededor, todos felicitándose y abrazándose y besándose y yo allí sentado frente a la pantalla, tratando de disimular y diciendo como un gilipollas, ¿algú més?, ¿algú més?...
Bahhhjj... nmiojhciuhkln..,.,.

20080503

Lo importante es practicipar

A estas alturas, en camiseta, se me ven los pechos caídos. Una vez tuve unos pectorales turgentes, fibrosos. Hoy, frente al espejo, hago el ejercicio ridículo de contraer la musculatura. Bajo la evidente capa de grasa se asoma el pulso de un músculo flojeras. En camiseta, las tetillas son como higos aplastados. Apuntan, cada vez más, hacia la flacidez de un vientre derrotado por la pereza. He cargado un par de bolsas del supermercado y he llegado agotado.
Por la tarde, después de zamparnos una indigesta comida traída del chino de abajo, he "sobao" un rato mientras Rafael Nadal apalizaba a nosequién. Luego me he despertado cuando empezaba la otra semifinal del Conde Godó. Jugaba el alicantino David Ferrer contra un tal Stanislas Wawrinka. Me aburre soberanamente ver jugar al de Alicante, para mí una versión empobrecida de Nadal. Sin embargo, me he enganchado gracias a Wawrinka, a sus sorprendentes cambios de ritmo, a su precioso revés, a su saque fácil, a su "approach" de derecha... En definitiva, un tipo con una técnica acojonante, que hace de todo y, claro, pierde. En un primer momento creía que podía ganar. Era de justicia; el juego inteligente, el juego talentoso, el juego completo, pensamos que tiene que vencer al juego pragmático. Pero no suele pasar. Hay una ética perversa de los juegos, que se parece a la de la vida misma. El juego de Stanislas Wawrinka es disfrute puro; el tipo tiene que sentir nada menos que placer al conectar uno de esos reveses cruzados imposibles, ha de sentirse pleno y fenomenal al pensar que puede hacer lo que le da la gana con el servicio, cruzarlo o lanzarlo en paralelo, liftado o plano... Pero el éxito es otra cosa, tiene una lógica pragmática ineludible. Si quieres vencer has de hacer esto, esto y esto. Olvida la elegancia, olvida el estilo, deja de lado la estética. Vencer significa prostituirse por el dominio de la mecánica de las cosas.
Generalmente, en los deportes, soy fan de grandes perdedores. Deportistas, digamos, decadentistas, decimonónicos. Que aguantan la vergüenza y la rabia en su rincón a las puertas del éxito. Que agachan la cabeza al darle la mano a su rival en las semifinales o las finales, sabedores de que lo suyo es un don y lo de los demás sólo trabajo. Si lo suyo fuera arte, su gloria sería póstuma.





20080428

Treinta y ocho

Esta mañana he salido de casa con la intención de no enfadarme. El sábado celebramos mi cumpleaños cenando en el Joaquín Schimtz, sin embargo es hoy cuando los cumplo. Hacía una mañana fresca. Un gorrión me esperaba apoyado en el capó con una rama de geranio en el pico que ha soltado al verme, ha piado y ha cantado un salmo y ha emprendido el vuelo alegre. Amanecía mientras abandonaba la ciudad. A mis espaldas, cientos de familias lloran porque los gestores del ayuntamiento pretenden arrebatarles su barrio para prolongar una avenida hasta el mar. El lector de cedés del coche no funcionaba; sin embargo, he probado con el Oceans Apart de The Go Betweens y, voilà, funciona. Me he sentido sano y bien. La polla dura y salvaje como siempre. Treinta y ocho años y ganas de ir mucho más allá, encorvado, con tres o cuatro hernias de todas las clases y pocas ganas de trabajar.
Las ecografías salen bien de momento. El bicho, el viernes, no paraba de dar cabezazos dentro del vientre de su madre, como si se hubiese vuelto loco. Dios, pensé, ya empiezo a emparanoiarme, a pensar como un padre, a sufrir por él. Un miedo nuevo se ha instalado en mi vida, la madre de todos los miedos. Parece inquieto, el bicho, se da la vuelta, inconsciente, hace el pino, se toca ese piececito que mide uno o dos milímetros, nos enseña el pliegue nucal.
Sara me regaló tres libracos. El de Richard Ford, Acción de Grácias, el de Philip Roth, Sale el Espectro, y ese del que todo el mundo habla, esa obra maestra de la literatura bélica que su autor, Vassili Grossman, no llegó a ver publicada a causa de la censura estalinista, Vida y Destino (gran título, Vassili).
Grandes expectativas a causa del libro de Ford. En la Feria del Libro nos encontramos a Enric y su nueva novia. Le recomendé El Periodista Deportivo. Se acababa de comprar La Sombra del Viento y el otro del mismo tío, el tipo gordito que posa ya como una estrella. La sensación que tengo, sin haberlo leído, es que Richard Ford se ha excedido con el rollo ese de expandir los detalles. Hay un par de cosas que surgen de la entrevista que publica este fin de semana El Babelia que me contrarían un poco. Una coincidencia, como si hubiese calcado mi pensamiento: la buena literatura surge de la interacción con el paisaje. Se lo quise decir a alguien hace un tiempo. No puede haber literatura de la sicología, ya no. La narración, la buena narración, ha de abrirse al paisaje. La buena estética está en el mundo, ya no la llevamos dentro. Hace tiempo que sabemos que dentro sólo hay porquería, mierda que más vale no remover demasiado.
Ford dice que escribe lento; al parecer porque es disléxico. Hay un momento en el que flaquea: si pudiera ser tan bueno escribiendo más rápido... (No me interesa esa idea, esa perfección; hay algo en la urgencia de las cosas que no puede volver a producirse, que resulta imposible de perfeccionar. Me recuerda a algo que leí de Gerard Richter diciendo que reivindicaba la "calidad" de la pintura. No lo entiendo. No entiendo "lo bueno". En cuanto crees que lo tienes se te está escapando. Lo bueno es una puta que tiene poco que ver con el acabado, lento, meditado o de calidad. Lo bueno es un misterio que no tiene método.) El capullo ahora "sabe" que es muy bueno. Es como Federer, sabe que tiene mucha más facilidad que cualquiera, se lo han dicho demasiado y hay una cierta complacencia que le hace fallar. En mi opinión en El Periodista Deportivo todavía no era consciente de eso. Estaba creando ese rollo que ahora domina; atomizar el tiempo, fotocopiar lo anodino, expandir lo ínfimo. Y eso se nota. Se nota cuando un gran escritor está descubriendo esas pautas que van a hacer grande su obra. Tiene que ver con el gusto. El placer con el que se recrea haciéndolo. Luego viene la reiteración.




Ford.


Me gusta el artículo que publica Ray Ortiga sobre el "realismo sucio". Hasta cierto punto es esclarecedor. Nunca entendí el término "minimalismo" aplicado a la literatura. Quizá porque el referente fundamental viene del diseño y la arquitectura. El minimalismo, o realismo sucio, literario es minimalismo por la falta de estructura narrativa, o eso intuyo, por la "nivelación" de todo lo que se cuenta, sin desenlaces, sin "presentaciones", sin "consecuencias"... Lo que me gusta del artículo de Ray Ortiga es que mencione a dos de mis autores favoritos, Tobias Wolf y Frederick Barthelme.
A Barthelme lo descubrí escarbando en las estanterías de libros de saldo de la librería París- Valencia, lo leí porque me pareció atractivo y enseguida lo asocié con Carver y con Ford (Ortiga me lo acaba de confirmar). Más allá de éstos, Barthelme representa la indiferencia como un absoluto. Sus personajes viajan por la vida como briznas de hierba en las corrientes de los ríos, empujados por fuerzas que los superan y no entienden y ni siquiera pretenden entender, con la peor desgana por todo y por todos.
Tobías Wolf es autobiográfico, así se declara, asumiendo los límites de la ficción autobiográfica. De todos los minimalistas es el más socarrón. Quizá ninguno ha vivido una vida como la suya, digna de los más imaginativos personajes del diecinueve. En mi opinión es el más grande de los escritores pequeños americanos.




Wolf.


Richard Ford dice que una buena novela es la que utiliza la imaginación para provocar en el lector que experimente lo impredecible. Y dice, "eso sucede cuando el escritor imagina cosas que están lejos de su vida cándida". Me descoloca, la verdad. Lo impredecible lo experimentamos todos todos los días, está en el ADN de cada ser humano y no hay más que fotografiarlo.

20080422

Come, conejo, come

En el Instituto de Educación Secundaria en el que trabajo conviven dos extremos: Rosalía, una de las profesoras más viejas, es uno; las hermanas R., alumnas, gemelas idénticas, es el otro. No se enfrentan abiertamente, pero se repelen como el agua y el aceite. Con las "sisters", como yo las llamo (R. sisters, no sé de dónde he sacado que esto le pueda resultar simpático a alguien), me llevo bien, en clase son muy incómodas, por fuerza (la suya), pero en cada grito, en cada insulto, en cada fanfarronada, se adivina un corazón tierno, que no se comunica de otra manera porque no sabe, nadie ha sabido enseñarles y ya es demasiado tarde pues han construido su identidad a golpe de insulto y violencia verbal (son "de la calle"). Las "sisters" quieren ser peluqueras. ¿Qué voy a pedirles yo, que me dibujen una axonometría oblicua, que sepan hacer una restitución perspectiva, que aprendan diédrico, tangencias, teoría del color? Algo falla en este sistema educativo. Las "sisters" se granjean una clientela como futuras peluqueras entre el alumnado más cañero (a veces hacen un alto en las clases y se ponen a peinar a alguien, eh, Davinia, que estás en clase, espera que ya acabo, va, no me hagas enfadar, déjame, hostia puta, que sólo le estoy haciendo una coleta a la Yeni). Rosalía, por su parte, la profesora más temida y, tal vez, más odiada (sin embargo la más respetada), echa pestes de todo y de todos: de nosotros, los profesores más jóvenes e inexpertos, por no saber guardar el orden, de la directiva por todos sus fallos (los de la directiva son el lugar común de las críticas de todos los profesores) y de los alumnos por, como dice, estar harta de pelear con ellos. Con Rosalía no me llevo mal. Apenas hablamos. Sé por otros que es viuda, que el destino le jugó la mala pasada de que su marido se muriese después de ella haber aceptado el traslado a este pueblo que no es el suyo, que tiene lejos dos hijos y, recientemente, un novio con el que navega en verano. Es una profesora de la "antigua escuela"; a veces pienso que aquella escuela "antigua" es la única, y que en estos tiempos, sencillamente, estamos perdiendo la escuela. Hablaba de polos opuestos porque sí que se percibe, evidentemente, una tensión entre estos dos tipos, de alguna manera, enfrentados, en pugna constante. Orden, disciplina, rigor, frente a salvajismo, desorden, delirio y apatía (y eso que se suele llamar "mala educación", el insulto, el griterío). Es una lucha eterna (quizá lo que falle hoy sea querer prolongar una educación reglada en estos casos que desde hace años están "perdidos" para la causa académica).




¡Come, conejo, come!


Me llaman el profesor "vacilón" porque trato de superar su "mala educación" utilizando el no siempre eficaz recurso de la ironía (a veces se dan cuenta de que quedan en evidencia; y otras veces ganan ellas y salgo del aula exhausto y crispado a más no poder). Desde luego, me "respetan" menos que a Rosalía y de vez en cuando he de soportar que se "pasen" conmigo en clase o por los pasillos, cuando menos me lo espero y menos conveniente resulta (por ejemplo, cuando voy con un compañero, que obviamente entiende sus bromitas como una falta de respeto). Me gusta esta fauna, a Rosalía la entiendo cuando se queja, es verdad todo lo que dice, se han perdido muchas cosas. A las "sisters" las quiero, les tengo mucho cariño después de tres años dándoles clase. A pesar de que no cambian su manera de tratar a la gente (igual que entre ellas, a trompicones e insultos), son dos tiparracas bastante trabajadoras que me entregan todo (les pido poco y de muy bajo nivel, por prescripción exclusiva de la psicopedagoga y sus milagrosas adaptaciones curriculares que hacen titular a la gente al borde del analfabetismo) y me quieren igual que yo a ellas (lo noto, les falta besarme). Esto, claro está, no tiene nada que ver con el hecho de que personajes así están perdidos para la enseñanza académica. Sobrevivirán, les irá seguramente bien en su peluquería de pueblo, pero yo, nosotros, habremos fracasado con ellas.






Primer capítulo

Escribí algo hace unos meses. No sé si lo seguiré ni cómo, ni si está bien o está mal. Lo cuelgo aquí por si alguien comete la insensatez de leerlo y me dice alguna cosa.
Se titula CASA EN EL PUERTO:
El brillo de los reflejos en el mar me despertaba algunas veces. Unas feas cortinas de colores claros, con estampados como de cachemir, no hacían gran cosa para retener la luz. La ventanas tenían las típicas mallorquinas fijas, que no permiten cerrarse, por lo cual tenía que soportar esta situación cada mañana. Era una casa de verano, que se me alquilaba sólo durante los meses de invierno. En verano el alquiler era mucho más caro, pero no me importaba porque yo había llegado allí para trabajar y en verano tenía la esperanza de que no iba a estar, que habría finalizado lo que me hubiera llevado allí, fuera lo que fuera.
Curiosamente, los propietarios partieron la construcción original en dos viviendas independientes para ellos poder hacer uso de parte de la casa, la planta baja y el primer piso. Yo sólo tenía acceso al segundo piso, que también era el último, a través de una escalera construida por fuera de la fachada. Desde mi balcón se veía gran parte del puerto. Los barcos flotaban allí cerca, aportando un cierto encanto a un paisaje degradado por sucesivas explotaciones urbanísticas. Creo que por ello aborrecía mi estancia allí, en aquel piso minúsculo, en una tercera parte de una vieja casa en el puerto.
Se accedía a la casa a través de una calle que llamaban Camí d’es Far, aunque se trataba de un camino sin nombre que no llevaba a ninguna parte (nunca lo comprobé, pero me dijeron que iba a parar a un descampado que daba a un acantilado, donde las parejas aparcaban sus coches para tener un poco de intimidad y donde, se decía, habían acuchillado a un chico y violado a su compañera).
La casa del puerto estaba rodeada de lujosas construcciones para veraneantes ricos. La vieja casa era casi un último reducto de resistencia a una imparable explotación urbanística. La propietaria era una anciana que me tomó cierto cariño y que se negaba a vender su propiedad. La casa estaba en lo alto de un pequeño desnivel, en una curva del Camí d’es Far, lo que le daba un aspecto siniestro, como de película. Cuando llegaba de noche, el entorno me parecía deprimente y muy solitario.
La ciudad está a unos veinte kilómetros. Sin embargo a mí se me había asignado el pueblo, y en el pueblo un edificio pintado de color amarillo pálido, donde nadie me iba a decir en qué consistía mi trabajo. Mi jefe era Joan M., un hombre rudo de barba espesa que me daba instrucciones de una manera que no podía entender nada. Asistía cada mañana, trataba de hablar con unos y con otros, desayunaba, ordenaba mis papeles, y me iba. Conocí así a Imma, Juani, Jordi, Martin, Mercé. Todos ellos en mi misma situación. Lo más importante era, como decía Jordi, “dejarnos la lógica junto con la dignidad en el parking, dentro del coche, antes de entrar en el trabajo, como si fueran prendas de vestir, para ponérnoslas más tarde, al salir”. Pronto aprendía a evitar a Joan M., que de repente podía aparecer por uno de los pasillos con alguna otra instrucción incomprensible.
El primer fin de semana salimos a cenar a una casa que Mercé tenía alquilada en la ciudad y que compartía con su novia cubana. Mercé contaba que había estado casada con un pintor alcohólico, canadiense, y había vivido con él en Canadá. Contaba que el tipo podía ser el más encantador del mundo, pero alternaba este hecho con crisis alcohólicas intermitentes, que le podían durar más de veinte días. En esos más de veinte días bebía hasta agotarse sin que Mercé pudiera persuadirle de lo contrario. Se cansó de soportar esta situación. Regresó a Barcelona y se puso a trabajar en esta extraña actividad que nos unía. Luego fue traladada al mismo pueblo y al mismo edificio que todos los demás.
Mercé era una hippy. Nunca lo expresaba así, pero nosotros así la veíamos. Era un poco mayor que el resto. Decía tener la “mente abierta”, de esa manera un poco ingenua. Lo cierto es que tenía tan poco respeto por lo convencional como temor a caer en el tópico. Cuando tenía una idea la llevaba a la práctica con valentía.
Viajó a Cuba y se enrolló con una jinetera gorda y fea, de aspecto muy masculino. Quiso inmediatamente traérsela y convivir con ella sin apenas conocerla. Utilizaba el comedor de su casa como improvisado restaurante en el que se servía cocina cubana que se le abonaba a su amante “para que se sintiera útil e independiente”. Los amigos de Mercé le hacíamos esa concesión; pagábamos cada vez precios más altos por la misma comida y teníamos que presenciar cómo la cubana humillaba a la propia Mercé, insultándola delante de todos: ¡Mercé, gorda!... ¡Mercé, zorra!...
En esas cenas se juntaba gente muy dispar. Después de cenar nos levantábamos todos y nos reuníamos en la cocina para fabricar mojitos. Un tipo cubano, muy amable, también expatriado como la novia de Mercé, nos enseño a picar el hielo poniendo los cubitos dentro de bolsas de plástico y aporreando con ellas el mármol del fregadero. A la hora de beber mojitos la cocinera se sentaba con nosotros a la mesa y se hacía la dueña de la conversación, mandando a Mercé de aquí para allá a buscar más hielo, o más ron, o lo que fuera. Se me partía el alma. Empezamos a llamar a la cubana, “el puto camionero”.
El puto camionero contaba que por las noches, entre semana, se acostaba tarde viendo en la televisión los canales locales que emitían porno. Mercé dormía porque al día siguiente tenía que madrugar para ir a trabajar. Entonces, en el silencio de la noche, interrumpido por los jadeos procedentes de la televisión, aparecía el fantasma de un antiguo inquilino que había habitado la casa años antes, y que según el puto camionero se llamaba Salvador y había muerto en circunstancias extrañas (sin que el puto camionero nunca dijese cuales fueron esas supuestas extrañas circunstancias), lo que no le permitía abandonar ese lugar, o esa casa (no entiendo las limitaciones de los fantasmas, la verdad).
Los invitados nos mirábamos las caras estupefactos y apurábamos en silencio nuestros mojitos. Parecía increíble que Mercé tolerara todo aquello.
A veinte kilómetros de la casa en el puerto salía del restaurante clandestino de Mercé bastante cocido de vino y mojitos.
Luego íbamos a tomar copas. No llegué a intimar con nadie, así que cuando quien fuera me dejaba de dar la lata con algún tema relacionado con nuestro misterioso trabajar, agradecía los momentos de aislamiento en alguna barra saboreando gin- tónics.
Durante uno de aquellos paréntesis se me acercó Pi. Nunca supe si el nombre era una abreviación de Pilar u otra excentricidad, nunca llegué a preguntárselo en las escasas ocasiones en las que coincidí con ella. Pi hacía grabados. Pertenecía a un taller al que fui invitado y siempre me negué. Aún no sé pintar, le dije. Pi había traído un éxtasis que quería compartir con alguien. Nunca lo había probado. Sentirás paz, me dijo. Así que bajamos al baño a compartir un poquito de paz.
Pi llevaba su botellín de agua. En el interior vertió el contenido de una cápsula. Luego removió el agua, dimos un trago cada uno y nos reunimos con los demás. No se separaba de mí, ofreciéndome cada cierto tiempo el éxtasis disuelto en el agua. Cuando nos acabamos el contenido de la botella, Pi desapareció.
Esperando la paz que me habían anunciado pedí un gin- tónic. La música empezó a sonar con un eco extraño. Abandoné mi puesto y apoyé la espalda en una pared. Todos bailaban, yo no me podía mover. De vez en cuando alguien se acercaba a ver qué me pasaba. Nada, estoy bien. Pero me había apoyado en la pared un poco espantado. Había empezado a sentir una sensación cinética que progresivamente aumentaba su intensidad. Era como si algo a alguien me empujaran y me moviese sin caminar o me fuera a caer a cada instante. Me agarraba cada vez más fuertemente a la pared.
A eso de las seis de la madrugada el grupo circuló por delante de mí para despedirse. Yo me quedo, les dije uno a uno, estoy bien.
Esperaba que se me pasara el vértigo para poder conducir hasta la casa del puerto. A las nueve y media o las diez me hicieron salir. Apenas había nadie más, sin embargo yo permanecía agarrado a la pared, espantado.
Caminé como pude hasta el exterior. Creo que me tumbé en un banco, abrazándolo como un loco.
Más tarde pude levantarme y caminar normalmente. Encontré el coche y regresé a la casa del puerto. Fue extraño que recordara haberme acostado en una habitación y me levantara en otra distinta, como un sonámbulo.
En el comedor había un cuadro a medio pintar, apoyado en horizontal sobre el suelo. No veía claro si sabría seguir pintándolo. Abrí las ventanas para verlo mejor. La luz del puerto me cegaba.
(Hay un segundo y hasta un tercer capítulo, a mano alzada. Y mucha inseguridad.)