Si tu ciudad tiene ya un buen estadio de football, un museo de arte actual, uno o varios edificios de autor y una carrera de coches de carreras, ponle un buen campeonato de tenis; trae una o dos figuras internacionales. El tenis viste bien, da prestigio, atrae al personal.
Cuando comienza la semifainal, llega el "president" y se sienta al lao de Barry Eggleston (Andy Warhola reencarnado) y del otrora entrenador de Juan Carlos Ferrero y hoy empresario, Antonio Martínez Cascales. Al "president" se le nota apocado, forzando una sonrisa que se intuye triste, suplicante, intentando justificar a cada momento su presencia, su prestancia como encargado de ese cargo que le pesa y ya le encorva, como un buitre o un chacal, en todo caso un animal mezquino, indirecto, rapaz.
Nos complace vivir este momento; un momento de pundonor popular, de protesta colectiva, cuando, al sentarse el "president", la muchedumbre hace una pedorreta estruendosa, como si Fernando Camps se hubiera cagao encima. El "president", haciendo gala de su "profesionalidad", de sus enormes tablas, hace como que se divierte, dibujando una rara mueca en su jeta y haciendo palmas, como una foca en un circo de agua. Pero la multitud no tiene bastante; de repente, todo el mundo empieza a ladrar: lladre, lladre, lladre... que en caztellano quiere decir, por supuesto: guapo, guapo, guapo... A lo que el "president" contesta haciendo el gesto de saludar con la mano. En eso que Javier Verdasco, que a pesar de haberse hecho la foto con Juanjo Camps es un tipo concienciado, por un mundo mejor, agarra su raqueta como un boomerang y la lanza haciendo eses hasta la calva cabeza de Rodrigo Camps, el nostre benvolgut "president". La gente se descojona y hace palmas; y Antonio Verdasco chasquea los dedos lamentando no haberlo matao. Andy Murray, sin embargo, haciendo gala de su legendaria flema inglesa, no hace caso, a lo suyo con el calentamiento.
Naturalmente, nada de esto ha ocurrido; de manera que los cientos, tal vez miles, de pijos congregados en torno a la fiesta del tenis solamente observamos, miramos, hablamos, sentados a pocos metros de tan altos dignatarios. Alberto Camps nos ha conseguido, para nuestra ciudad, un importante torneo de tenis, en un maravilloso escenario; lo disfrutamos, lo estamos disfrutando, y callamos.
Nos cambiaron las entradas del viernes por un par de entradas para el sábado, para las semifainals. (El viernes, mi creciente nerviosismo casi llega al paroxismo, cuando comprobamos que nuestras entradas, casi tan caras como las del sábado, eran para las ocho de la tarde; se estaban jugando los mejores partidos sin poder verlos, ay, nos quejamos a la taquillera y conseguimos cambiarlas, gracias, muchacha, muchas gracias.)
La primera semifainal era un duelo entre rusos. Sara se burlaba de las damas de la sociedad alta valenciana. La dona de Ivan Helguera, insigne jugador del Valencia Football Club, se cree una top model, atildada como una estrella; se levanta de su silla y, enseguida, Sara se apercibe: ay, si parece Sherlock Holmes, ja, ja, ja. Nikolay Davydenko estaba apalizando en el primer set a su compatriota Mikhail Youzhny. Felipe Camps todavía no estaba, ni Eggleston, ni Cascales. Pero estaba Jordi Arrese y su novia y, a pocos metros de nosotros, el juez de silla Carlos Bernardes (que ha ejercido en multitud de importantes acontecimientos, grandes eslams, másters) observa a los rusos desde una esquina, sentado en las gradas, bromeando con alguien. Agradecemos de verdad a Norberto Camps que nos haya proporcionado los servicios, a su vez, de este importante juez de silla; pues este gran acontecimiento nuestro no iba a tener carisma sin el carisma de esta cara conocida.

El carisma. Me hace gracia tenerlo delante, la verdad, le tengo una cierta estima, de tanto verlo por la tele (la tele dignifica a la gente, por tanto). Sara me dice que me acerque a que me firme la entrada, a lo que me niego al instante, por no molestar. Pero nos fijamos en que, de inmediato, un tipo sin duda muy atrevido le tiende la mano y su entrada y Bernardes, muy educado, complacido, estampa su firma en el papel.
Bernardes es brasileño, le digo a Sara.
Y muy guapo, dice ella.
El aire acondicionado estaba a tope. Suponemos que para que los deportistas, bajo decenas de focos de luz, no se achicharren. Sin embargo, nosotros, los mirones, quietos como estamos en nuestras sillas, nos estamos pelando (yo no llevo apenas ropa de abrigo; aguanto porque me siento rejuvenecido e ilusionado de ver un partido de "alto nivel" como el que estamos viendo).
Los pijos más avispados llevan un kit de supervivencia, compuesto de tortilla de patatas y cerveza, nosotros, inexpertos en estos lances, llegamos a las once de la noche sin probar bocado (ambos duelos se alargaron a los tres sets, lo que me hubiera extasiado si no hubiera tenido MUCHAS ganas de largarme a casa desde la primera media hora del primer partido: al borde del congelamiento, con hambre, sed y una tremenda cagalera, pero infantilmente obstinado en no perderme ni uno solo de los movimientos de los atletas).

Soldados rusos. El duelo ruso cambia su rumbo. Davydenko, esas piernecillas, esos bracitos, cede ante el buen estilo atacante de Youzhny. Ambos me gustan, siendo muy distintos. Davydenko es de la estirpe de los Connors y Agassi, o, concretamente y por línea directa, Kafelnikov; es decir, un jugador que basa su juego en dominar al contrario desde el fondo, metido en la pista y lanzando zapatazos de lado a lado, procurando desgastarse poco y no abandonar su posición, central, sin moverse hacia delante pero sin retroceder. Me encantan esos golpes muy planos y esa capacidad para "torcer" la muñeca y cambiar el sentido de sus tiros, amagando su intención hasta el último momento. Davydenko es como un soldado, pertinaz, insistente, maquinal. Tiene solamente una estrategia, aguantar en el fondo sin perder su lugar; me gusta porque no retrocede, no lifta, no se defiende, sino que lanza, uno tras otro, sus obuses teledirigidos.
Youzhny, en cambio, es un estratega. Ha soportado durante el primer set que se le machaque el revés y ha ido encontrando, poco a poco, la manera de atacar a su impasible amigo. Mucho más elegante, con un talento, digamos, más flexible, "invita" a Davydenco a moverse hacia delante, para, sin duda, incomodarlo y sacarlo de su posición en la línea de fondo. Ello le hace correr inumerables riesgos, falla mucho pero, al menos esta vez, logra ganar. Al acabar nos dispensa su saludo típico, cual soldado en un cambio de guardia, a las cuatro bandas. Uno, dos, tres y cuatro.
Se les van a constipar los tenistas, dice Sara.
Acabado el encuentro, Bernardes entra en la pista y ocupa su lugar natural, encaramado a la silla como un buda. Se ajusta los altavoces, estira la piernas. Advierte que el partido de Verdasco contra Murray va a empezar en cinco minutos. Intentamos acercarnos al bar, pero resulta imposible; un enjambre de pijos se aglutina entorno a una diminuta barra. Esperamos a que el partido empiece, estratégicamente, de manera que, al saltar las estrellas a la pista, Sara se desliza sigilosamente hasta la barra, pa comprar comida. Vuelve con un paquete de patatillas.
No queda nada, dice.
Los pijos han acabado con todo. Con esos pelos engominados, esas bufandas de piel de zorra y esos zapatos lustrosos, se meriendan nuestros bocadillos a precio de oro. (Un paquete de patatillas, diminuto, vale dos euros; todo sea por el entorno, inigualable, sublime, gótico, espectral. El llamado Ágora, en su interior, es como la caja torácica de una ballena. Esta arquitectura, le digo a Sara, docto, va a ser mitificada, igual que Gaudí en Barcelona. El mundo, la posteridad, en sentido artístico, es de los manieristas; malditos putos manieristas.)

Tenis independiente. A Sara le gusta la novia de Arrese. Yo me estoy enamorando de Murray. Somos una pareja singular; nos hemos casado, a conciencia, un gay y una lesbiana.
Es muy, muy guapa, exclama Sara. Creo que Murray me ha mirado, le digo yo. No es broma; Andy, ese tenista virtuoso, se reconcentra tras cada saque, tras de cada punto al resto, mirando hacia un punto indefinido por encima de la cabeza de la recogepelotas, lo que hace que parezca que mira hacia nosotros.
Seguro que piensa de ti que juegas de puta madre al tenis, advierte Sara.
En el partido, Andy Murray hace lo que quiere. Ora se reserva, muy atrás, con bolas blandas, elevadas, como queriendo decir: no me haces pupa. Ora estalla, hacia delante, esquinado, con un golpe plano, imposible. Ora nos deleita con alguna dejada o una volea geniales, de "toque", desactivando la potencia impostada por el forzudo Verdasco (más preocupado por la calidad de sus pectorales, turgentes, superdefinidos, perfectos, que por la efectividad de su tenis).
Verdasco es un tenista de pose. Hace el tenis que "cree" que queda bien, dentro de una épica simplona, muy poco inteligente. Lo "pega" todo sin otra intencionalidad, buscando el aplauso, sin construir, acelerado, pagado de esa facha de "tenista moderno" que tiene. (Esta vez, el peinado escondido debajo de una gorrita.)
El partido se alarga hasta el tercer set y nosotros nos cagamos en los putos técnicos del aire acondicionado. Ladislao Camps, arrugao en su silla, charla tranquilamente con Cascales, expresando, sin duda, alguna mezquindad. Eggleston hace rato que ha desaparecido con su secretaria; nos lo imaginamos en el cuarto de aseo de uno de los restaurantes de lujo que han improvisado en las inmediaciones del evento, disfrutando de una sensacional felación. La novia de Arrese sigue impertérrita, sublime. Y Andy, camino de la victoria, me sigue mirando, como si dijera: todo lo hago para ti.
Al acabar el partido, nos acercamos para hacerle un par de fotos con el móvil. Unos chavales le tienden sus entradas, para que se las firme. El tenista accede, muy amable. Sara reacciona con rapidez y, como si fuera una fan, le da la suya a firmar. Andy Murray hace un garabato ilegible.
Toma, me dice ella mientras nos alejamos. Te lo regalo.