Paseamos, como siempre, por la Alameda. Seguimos el mismo itinerario de siempre, sin embargo, prefiero imaginar que vamos "sin rumbo". A un ritmo, definitivamente, lento, placentero. Miro de reojo la azoteas, que se desplazan levemente respecto de los puentes. Los puentes y las azoteas forman una singular pareja de baile. Bailan el vals para nosotros, este domingo cualquiera. Avanzamos, casi sin quererlo, hacia los Jardines de Viveros. Hay obras, hay una carrera de adolescentes corredores, hay gente y hay, en algunos tramos, coches silenciosos.
Ayer pudimos ir al cine, vimos una de Jim Jarmusch, Los Confines del Control, creo recordar. Fue absolutamente premeditado: decimos, como esnobs pasados de moda: queremos ver la de Jarmusch. Ir al cine, para nosotros, en estos tiempos, resulta algo extraordinario. Han de ponerse en sintonía demasiados elementos. En ese caso, cuando llega la hora, a veces ni siquiera podemos elegir; la peli que queremos no entra dentro de nuestro horario o ya la han quitado de la cartelera.

La vida es un camino hacia ninguna parte. Ha habido suerte. La proyectan a las ocho y veinte. Les preparo algo para cenar a mis padres, que se van a quedar al cuidado de Diego, e iniciamos el ritual de "salir". Todo un acontecimiento.
Mi fidelidad hacia Jarmusch da para mucho. En su principio, este largometraje hubiese sido insoportable si no arrastrase el bagaje de su autor. Esperaba un discurso menos cerrado, tras Flores Rotas, aquella historia adulta y desencantada.
En un momento dado, me acerco a Sara y le digo: debe ser la peor peli de Jim Jarmusch. Me harta aguantar la jeta del puto negrata, impasible, trajeao, de un lao a otro, esperando que pase algo. Pero, a medida que avanza el film, me relajo (poca experiencia como espectador, en estos meses, me ha hecho impaciente): no va a pasar nada, lo tengo claro. El personaje del negro trajeao, del que no sabemos nada, solamente se cita con unos y con otros, intercambiando cajitas de cerillas, como una especie de cadena sin objeto y sin final, absurda, nihilista y banal. Me molesta olisquear un cierto tufillo esteticista, más refinado en este caso que otras muchas veces; pulido y evidente. Lejos de la habitual puesta en escena jarmuschiana, seca, contundente; en este caso hay movimientos, efectos, artificios, que no pertenecen a la caligrafía habitual del cineasta.
Empieza con una cita de Rimbaud. En general, pienso que Los Confines del Control tiene que ver con aquella primera peli, Permanent Vacation, rimbaudiana, nihilista, sorprendentemente seria. En la que acabamos de ver, a su vez, el particular sentido del humor de Jarmusch se manifiesta poco a poco, con cuentagotas, a medida que se repite la repetitiva bromita del idioma: Usted no habla español.
Se puede pensar en David Lynch, por el hermetismo; pero en las claves de interpretación de esta peli no entra lo onírico, a mi modo de ver, a pesar de las reiteradas referencias simbolistas. Jarmusch ha hecho una peli, en efecto, en clave simbolista, con tics que recuperan el vagabundeo ilustrado de otros de sus films, como Dead Man. Las tonadillas, cuidadosamente elegidas, acentúan ese rollo esteticista que me resulta tan incómodo. Ahora que lo pienso, sin embargo, en Dead Man o en Ghost Dog hay un uso parecido de la música y el ralentí. Tal vez deba revisar mi fidelidad al cine de Jim Jarmusch, después de todo.

El rostro que sostiene la narración. Esta vez, la música, de rigurosa actualidad, proviene de los guitarrazos de Sunn O))). Todo parece trascendental, oscurantista; el tipo, de Madrid a Sevilla, se trae entre manos un asunto serio, venga intercambiar cajitas de cerillas y claves secretas.
A su lado, de café en café, se sientan diversos arquetipos de lo que viene a ser una particular bohemia: músicos, pintores, drogadictos, científicos... y, en su cama, una mujer desnuda.
El tipo, impasible, recoge las instrucciones que le llevan de un sitio a otro, se cambia el traje y camina; los guitarrazos de Sunn O))) le llevan a las afueras, a un terreno en el que, en una casa perdida, unos tipos armados guardan algo o a alguien.
La estructura de la narración es tan simple como la de sus otras pelis; una serie de escenas repetidas que, esta vez, nos llevan a un atisbo de conclusión: el negro del traje gris mata al tipo que habita aquella casa perdida; se supone alguien importante, un mandatario, un tipo poderoso, un oligarca, que le dice, al verle: has venido a vengarte.
Yo lo interpreto de esta manera: el prota sigue una especie de ritual, o camino, destinado al "conocimiento", en sentido clásico, humanista, representado por la serie de arquetipos que le suministran las claves para seguir y que simbolizan los clásicos territorios del conocimiento humanista: la música, la pintura, el teatro, la arquitectura, las drogas y el sexo. Las claves de la bohemia para oponerse al poder, al Control que ejercen los poderosos. Vosotros, los bohemios, no sabéis nada del funcionamiento del mundo, dice el oligarca, antes de morir. El conocimiento del mundo es subjetivo, le contesta el vengador de los bohemios.
En ese sentido, la peli de Jarmusch resulta adolescente, juvenil, no como la anterior, Flores Rotas. Los Límites del Control es rimbaudiana, simbolista, poética, rebelde. Dice algo claro y alto: el camino del conocimiento, a través de la literatura, del teatro, de la pintura, de los efectos de las drogas, del sexo y de la arquitectura, nos lleva indefectiblemente a oponernos a la oligarquía, a luchar contra los poderosos que pretenden ejercer el control sobre nosotros.
Las claves son secretas, bromas sutiles, que pasan de unos a otros metidas en diminutas cajitas de cerillas en las que podemos ver, en clave simbólica, el dibujo de un boxeador, siempre el mismo boxeador.
En un momento dado, alguien le advierte: cuidado, no todos los que parecen ser de los nuestros son de los nuestros. Es preciso saber interpretar: un cantante de flamenco lleva una de esas cajitas de cerillas, se acerca al negro del traje pero no, no es de los suyos. El cante flamenco, parece decir con ello Jim Jarmusch, no sigue el camino de la bohemia que le incumbe; en el flamenco hay otra lucha, lejos de la anglofilia jarmuschiana.
Hay detalles que no puedo interpretar, que pertenecen sin duda a la personal cultura cinematográfica del director; como por ejemplo el hecho de que el negro del traje gris pida siempre dos cafés.
A mi modo de ver, Jim Jarmusch, desde tiempo atrás, hace en cierto modo lo mismo que Tarantino; reinterpreta el cine anterior, sus iconos y arquetipos. Sin embargo, al contrario que Tarantino, Jarmusch lo hace en clave culta, envolviendo sus historias en atmósferas que beben de los mitos de la cultura clásica.

Como lobos ennoblecidos, acechamos la libertad.En la peli, el negro del traje gris detesta los teléfonos móviles (instrumentos del Control). Diego y yo volvemos de nuestro paseo. Suena el mío. Se me acaba la batería. Imagino el gesto de lanzarlo al basurero. Imagino el gesto de no volverme a conectar a internet, de no volver a encender el televisor, de vagar de un lugar a otro interpretando claves sutiles, diminutas, como cajitas de cerillas.
Guardo el teléfono en el bolsillo. Las cornisas se desplazan, silenciosas, con la misma lentitud que mis pasos. De hecho, empujo el carricoche. Y lo empujo.