20090709

La hija de Ian Curtis

Anton Corbijn era colega. Les filmaba y fotografiaba para promocionarlos. Ahora le ha hecho una peli al cantante muerto, conchuminado con su viuda. Si ya es dificultoso autoimaginarse, imaginar la vida de otro mediante la mirada de una viuda despechada no ha de serlo menos.
Elaboro un discurso gilipollas: Ian Curtis es el Franz Kafka del rock. Nadie como ellos ha profundizado en el alma humana. Desde lugares distintos bucearon en las turbias aguas del dolor de existir. Kafka no quiso suicidarse; que me maten ellos, dijo, que me mate la vida... Curtis lo hizo, a los veinte, hecho un pipiolo, lo hizo.
La voz de Ian Curtis es como un aullido severo.
Franz Kafka ha sido el primero para alguien como yo, un adolescente educado en un colegio religioso. Kafka ha sido el hilo del que he ido tirando, el origen de ese otro escenario. Sin Kafka hubiese tenido una existencia convencional (tengo una existencia convencional, pero no soy capaz de vivirla como una existencia convencional), tal vez hubiese sido feliz, pero no me arrepiento de haberme contagiado esta enfermedad.
Un fraile, profesor de algo, me dio a leer La Metamorfosis. Fue el principio de todo. Estaba en octavo o primero de BUP.
No recuerdo mi primer contacto con alguna de las tonadillas populares de Joy Division. Creo que un amigo me trajo un vinilo a casa y no hice mucho caso. Era un rock demasiado seco, tal vez. Yo empezaba a comprar discos: Waterboys, U2...
Nuestro profesor nos daba a leer cosas chulas: la picaresca del Siglo de Oro, Cervantes, incluso, recuerdo, La Tregua, de Benedetti. Todo, al lado de Kafka, me resultaba irrelevante. Gregorio Samsa era yo. No puedo decir si Kafka me hizo sentir de esa manera o yo ya era antes de esa manera: el autoexilio, el confinamiento, la diferencia. Es dificultoso de entender ahora, pero supongo que yo era un adolescente muy introvertido, con problemas de sociabilidad, de desconfianza, tal vez depresivo. Tal vez estuve deprimido durante lustros. Kafka era yo, su dolor estaba en mi interior, esa literatura estaba escrita para la gente como yo.
En cualquier momento se produce el estallido de mi propio imaginario: las tonadillas de Joy Division alcanzan cotas de profundidad inusitadas. La oscuridad del silencio, el silencio de la oscuridad.
Tras devorar aquel ejemplar de La Metamorfosis, con El Artista del Hambre y El Artista del Trapecio, publicado por Alianza Editorial, recuerdo viajar en tren a Valencia y preguntar en la tienda de libros Soriano por otros libros de Franz Kafka. Compro La Muralla China y El Castillo. Empieza la fiebre compradora, empiezo a tirar del hilo. En cualquier lugar leo que Kafka era devoto de Dostoievsky. En la siguiente visita a la tienda de libros de los Soriano leo las solapas de todos los libros de aquella editorial; me llevo Noches Blancas, de Dostoievsky y La Caída, de Albert Camus. Los recuerdo perfectamente, recuerdo con todo lujo de detalles el sentimiento que me produjeron esos libros. Eran mi reflejo, solamente quienes los escribieron me iban a poder entender, y estaban muertos todos. Recuerdo estar completamente seducido por aquel desapego del mundo (ahora resulta dificultoso de entender, no existen sentimientos tan exacerbados como los de un adolescente).
(En adelante mis nuevas investigaciones en la tienda de los Soriano relativizaron todo ese rollo existencial, gracias a Dios, de lo contrario, tal vez me hubiese acabado suicidando. Me lo iba a pasar bomba leyendo a Bukowski y a Henry Miller: beber y follar, pero eso es otra historia.)
Primero fue Kafka y luego todo lo otro. Luego vinieron las tonadillas populares, el after-punk, los Sad Lovers and Giants, el programa de radio La Conjura de las Danzas... Iba a tardar un tiempo en dilucidar la importancia de Joy Division. Recuerdo una entrevista al lider de un grupo valenciano de rock, Carmina Burana; el tipo dijo que un grupo crucial en su manera de entender las tonadillas era Joy Division. Entonces yo ya estaba en tercero de BUP o COU, o tal vez en primero de Bellas Artes. Mis investigaciones se extendieron, mis viajes a Valencia ya no se limitaban a la tienda de libros de los Soriano, sino que a su vez iba a la tienda de discos Harmony, en el pasaje de la Plaza de Toros. En aquel tiempo compraba discos de saldo: Hoodoo Gurus, The House of Love... toda una cadena hasta llegar a Joy Division.
Unknown Pleasures: aquellas tonadillas llegaron para quedarse. Todo ha pasado, todo ha sido superado. Pero cuando pienso en el desierto de nuestras vidas, cuando recuerdo el desasosiego de sentirse muerto en vida, me remito irremediablemente a ellas. La voz de Ian Curtis, firme en el silencio, cabalgando decidida hacia la muerte.
No necesito releer a Kafka, su dolor vive en cualquier recoveco de mi triste cerebro. De igual manera, apenas vuelvo a escuchar los discos de Joy Division, su oscura miseria forma ya parte de mi experiencia vital.
La peli de Anton Corbijn me ha decepcionado. Es lo que tienen los biopics, chocan con la idea que tienes del personaje que tratan. La peli compite con el mito.
No creo que sea una mala peli, de hecho, si soy capaz de extrapolar algo es su sobriedad formal, como si Corbijn hubiese aprendido a hacer cine de la mano del mejor Clint Eastwood. La imagen es de un bonito blanco y negro, muy contrastado, como en aquellos videoclips o en aquellas portadas (la de Boatman's Call, de Nick Cave es de mis favoritas).
El problema en torno a Ian Curtis, hacia el que nos conduce la peli de Corbijn, es su suicidio. Amparado por la mirada de la viuda, Deborah Curtis, Corbijn se limita a explicar lo inexplicable por medio de la disyuntiva sentimental, o la mujer o la amante. Debe ser dificultoso explicar el desasosiego adolescente mediante los escuetos hechos que conforman los lugares comunes de su vida. Corbijn deshace el misterio: Ian Curtis solamente era un gilipollas inmaduro, un tipo demasiado serio para llevar el trivial estilo de vida de un cantante de rock. Un tipo acomplejado por la epilepsia, temeroso de la fama y el estrellato que se le avecinaba.
Me vienen a la memoria varios biopics: Bird, de Clint Eastwood, sobre la vida de Charlie Parker; Last Days, de Gus Vant Sant, sobre el suicidio de Kurt Cobain; y Diarios de Motocicleta, de Walter Salles, sobre los diarios de juventud del Che Guevara. Todas estas pelis sobreviven compitiendo con los poderosos mitos que las han inspirado.
Todas ellas decepcionan, excepto, tal vez, Last Days, por abstracta, porque elude los lugares comunes en torno a la figura de Cobain, porque Gus Vant Sant convierte su historia en un itinerario idiota hacia la muerte, cercano, salvo por las referencias pop, al romanticismo terminal del Sokurov de Padre e Hijo.
La de Eastwood, como la de Corbijn, es sobria y elegante, pero excesivamente sostenida por "lo que se sabe" del personaje, sin que el cine se haga grande escapando del influjo del mito.
Sabemos de antemano todo lo que nos cuentan, encorsetadas en unos escuetos apuntes biográficos que apenas explican la locura y la desesperanza de unos tipos esencialmente autodestructivos. Tal vez, unos idiotas integrales absolutamente vulgares en sus vidas, capaces de esculpir tonadillas sublimes en momentos determinados.
Queda claro, entonces, al ver Control de Anton Corbijn, que Ian Curtis solamente era un adolescente confundido. Acabo de descubrir que tuvo una hija, Natalie. A pesar de lo prosaico de Control, descubrir que Curtis tuvo una hija ha activado un cierto sentido fantasioso, de fan. Natalie debe tener ocho o nueve años menos que yo.

4 comentarios:

Héctor dijo...

"No necesito releer a Kafka, su dolor vive en cualquier recoveco de mi triste cerebro. De igual manera, apenas vuelvo a escuchar los discos de Joy Division, su oscura miseria forma ya parte de mi experiencia vital."

Me gusta mucho este párrafo, quizás un punto demasiado dramático, pero bueno, la adolescencia es lo que tiene, y al recordarla hay que ser justo con ella. La idea del párrafo, que las obras que nos conforman el carácter pasan a ser parte de nosotros y ya no necesitamos repasarlas, la ha pensado uno muchas veces. A mí me pasa con The Smiths y Cernuda.

José Montalvá dijo...

era la idea; las obras que de alguna manera "nos han formado" se quedan en el subconsciente, aletargadas... no podemos decir que las hemos superado, no las podemos rechazar, pero ya no conforman nuestro universo "consciente"...

willy dijo...

joder, a tus pies

"Pero cuando pienso en el desierto de nuestras vidas, cuando recuerdo el desasosiego de sentirse muerto en vida, me remito irremediablemente a ellas. La voz de Ian Curtis, firme en el silencio, cabalgando decidida hacia la muerte"

José Montalvá dijo...

es el modo exacerbado de la adolescencia, de lo que uno se acuerda...ya sabes como son los adolescentes

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