20090705

Un moco

No era un pedo, era un moco. Yo estaba conduciendo, volviendo a casa de cualquier sitio, tal vez del trabajo. Pasaba por uno de los puentes de Calatrava y, de pronto, todos nos paramos. (Recuerdo que Sara me ha contado alguna vez que en ese puente han habido accidentes, que ha de ser reformado aunque hace poco que ha sido terminado de construir.) Parado, con la ventanilla bajada, me hurgo la napia y extraigo un moco, no muy grande. Lo observo un rato y hago una pelotilla, una esfera diminuta y verde. Juego un rato con ella. Creo que escuchaba algo del lector del coche, tal vez algo de Francisco Nixon. O puede que fuera Lluvia Cascabel, de Julio Bustamante. Tuve tiempo para pensar, de hecho, pensaba. No era un pedo, era el moco lo que me hizo pensar: yo lo lanzaba por la ventanilla impulsando la esfera con el pulgar haciendo de catapulta. El moco va a parar a los bajos del coche de la fila de al lado, que estaba parado junto a mi coche. Recuerdo que el moco, endurecido, reseco, tras haberlo manoseado mucho, salta entre las ruedas y yo me sorprendo. Me parece indiscreto que el moco salte tanto. Es diminuto, y sin embargo, con aquella luz de las siete o las ocho de la tarde (mejor las siete que las ocho), se ve mucho. En ese momento, en medio de un pensamiento que creo importante y que irremediablemente he olvidado, recuerdo que me pregunto si el conductor del coche que espera en la fila junto a mi propio coche se ha dado cuenta de que he tirado un moco por la ventanilla. Desecho pronto este pensamiento y vuelvo a mi asunto importante (ya olvidado). Tiene que ver, creo, con la fungibilidad del moco. Con el hecho de ir dejando fluidos (aunque resecos) por el pavimento. Seguramente me puse a pensar en la muerte, siempre lo hago. El puto moco me hizo pensar en la muerte. Ese absurdo puente en aquella cola de coches absurda. Entonces, tal vez, se pone activa la cola de coches y todos marchamos. A nuestros destinos.
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